DESDE EL RESPETO VOLVEMOS A EMPEZAR.


El ser humano lleva toda la vida persiguiendo la magia, tratando de encontrar el modo de trascender las limitaciones de la física.
En resumen vivimos atemorizados tratando de escapar airosos de los crueles designios de la naturaleza, de sus limitaciones impuestas para hacernos esclavos de un régimen del que nuestra soberbia nos impide formar parte.

Naturaleza que en su crueldad desintegró al ser humano y creó razas con los rasgos arrancados a jirones de aquel hombre primigenio, y no contenta con eso, inventó las lenguas, auténticas armas diferenciadoras para que los hombres nunca fuesen uno con el mundo.

Pero su envidia, su miedo a aquel insignificante homínido no terminaba ahí, insufló el racismo, la xenofobia y los juicios preconcenbidos en nuestros débiles e imperfectos espíritus para asegurarse que esas razas no se volverían a unir de nuevo, para estar segura de que el hombre nunca alcanzaría aquel primigenio estado de gloria.

Pero la madre natura no es infalible, cometió el error de dejar unos angostos resquicios por los que el pensamiento entre los humanos puede transcurrir,
y con él ese extraño impulso que nos lleva a acercarnos al extraño con curiosidad, la generosidad, la paciencia, la empatía, la hospitalidad…
Paciencia y voluntad para enseñar una sola palabra a un hombre extraño, una sola palabra que abre vías infinitas a todas las demás que vendrán después; una palabra encerrada en un gesto que señala un objeto, un objeto que encierra un único concepto negando todos los demás y un sonido que evoca este proceso casi milagroso en fracciones infinitesimales de segundo.

Compartir, enseñar, aprender, dar y recibir.
¿Magia? imaginad el primer pensamiento compartido entre un inca y un español, entre un tuareg y el doctor Livingstone, entre un explorador europeo y un pigmeo.
Esas primeras enseñanzas, eso es magia, eso es trascender los legados y designios de una naturaleza hostil y vengativa.

La razón, la curiosidad, los caminos que unen y que nos hacen más sabios.
Ahí radica nuestro poder.

Imaginad la felicidad de escuchar un pensamiento budista, el primero escuchado por un occidental de boca de un monje; ser el primer europeo al que un poeta japonés recita un haikus de viva voz…

Y todo gracias a la generosidad, a la paciencia, a aplicar esas pequeñas cosas que nos hacen tan grandes con tan poco esfuerzo.

Solo haced una reflexión, observad el rostro, el atuendo, el aspecto de, por ejemplo, un indígena bosquímano.
Seguramente lo primero que pensaremos es que es un ser atrasado al que vamos a hacer el inmenso favor de “educar”; a los pocos meses la realidad es que, gracias a que él que te enseñó sus conocimientos sobre la naturaleza, has conseguido sobrevivir en un ecosistema hostil. Entonces le vuelves a observar y piensas que es un ser adaptado a su medio, increíblemente sabio e inmensamente culto.
Ahora desde el respeto, puedes volver a empezar, te has hecho humano.

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