NO SOMOS NADA.


Veréis, me gano la vida pasando calor y tragando polvo como operario en una fundición, en una de esas monstruosas instalaciones en las que se producen toneladas y toneladas de acero. Puedo aseguraros que estoy familiarizado con las incandescencias, a diario sufro lo que es estar en proximidad de hierro en estado líquido y escoria candente saltando por los aires, sobre todo cuando entra en contacto con el agua.
Estamos hablando de temperaturas que sobrepasan los 1400ºC en el caso del acero y de bastante más en el caso de los componentes minerales de las escorias.
Es por eso que al ver esa inmensa columna de humo negro salir de las entrañas de nuestro mundo siento que puedo llegar a comprender el pavor de las gentes de aquella nación.
La inconmensurable nube de cenizas volcánicas vuela amenazante sobre Europa,
sonriendo socarrona como el asesino despiadado con la pistola en la nuca de un hermano, amenazando a Islandia, amenazándonos al mundo entero; “de rodillas o disparo el volcán y le vuelo la cabeza al rubio”. Y es que cuando la naturaleza amenaza, ya es demasiado tarde, el desastre está servido. Porque hablamos de la madre naturaleza, no es cualquier cosa, más que amenaza, lo que mami nos hace es castigarnos. Nunca avisa, golpea, porque da por sentado que nos ha educado con el suficiente criterio como para mostrar el debido respeto. Observad los últimos acontecimientos: tormentas; terremotos devastadores; volcanes es un hecho, es como si además de asustarnos quisiese hacer daño para asegurarse que comprendemos la lección. “Conmigo no se juega y os estáis pasando”, ese es el mensaje, claro y diáfano. Y es que somos moscas contra un cristal, a cabezazos contra su dura superficie queriendo atravesarla o romperla sin llegar a comprender que quizá esa pared dura y fría nos preserva de una muerte cierta. Y ese es el sentimiento, cuando la corteza terrestre tiembla, se rompe o estalla, somos carpas en una pecera cayendo desde un ático, peces estúpidos que miran al suelo sin más intención que ver venir impotentes su fin. Mientras llega, seguiremos jugando a ser dioses, a ser más ricos que el vecino, a tener armas más mortíferas, a construir barrios más miserables. Seguiremos siendo humanos insignificantes en un universo que ni se ha enterado de que estamos aquí. Que tontos somos.

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