EL GORRIÓN Y EL GATO.


EL GORRIÓN:

Un enorme gato afilaba sus estiletes en un viejo tocón. Muñón de lo que fue un gigantesco roble, rey del mismo centro del jardín botánico.
Es muy joven, pero ya es un avezado superviviente.
Muchos fueron los humanos que trataron de darle caza y tan solo encontraron un doloroso zarpazo.
El minino era un auténtico tigre y en sus genes, latente, se escondía un cazador rápido y letal.
Por el contrario yo no era más que un pajarraco horrible con el cuello aún pelado al que poco tiempo antes habían salido las plumas de adulto ya, pero en zonas como el cuello, el plumón había dejado unas horribles calvas que me daban el aspecto de un buitre, mejor dicho, un bonsai de buitre canijo y birrioso.
Lo que yo aún no entendía era el porque de mi fijación por el maldito gato, no era capaz de quitar mi vista de aquel soberbio animal y un fuerte malestar secaba mi boca cada vez que abría de par en par sus mandíbulas bostezando aburrido, aquellos caninos me aterrorizaban.
Quizá fuese por mi intuida condición de presa, quizá por mi insignificante complexión física comparada con la suya pues no soy más que un infantil proyecto de gorrión que a la sazón empieza a dar sus primeros vuelos.
Una mañana estando el felino recostado contra el muro del parque tomando temperatura, una gorriona con una caída de ojos espectacular se posó en una rama frente a mí para acto seguido proceder a acicalarse el plumaje.
No quiero deciros lo que me recorrió el cuerpo cuando vi su precioso pico del color de la arena dorada hurgarse el blanco plumón de la pechuga.
Aunque uno no es más que un pequeño volantón, no es de piedra, y una gorriona que se abre de alas como aquella no puede esperar nada bueno de esta vida, y mucho menos traerlo.
“Esta es la mía” pensé, sin pensarlo me puse a marcar abdominales y a sacar biceps con mis alas en tensión tratando de impresionar a mi plumífero objeto de deseo.
Ella contenía la carcajada a duras penas pero yo no cejaba en mi despliegue, casi se me salta una hernia y se me escapó un pedo de tanto apretar la tripa, tuve que arrastrar el trasero por una rama aprovechando los intervalos en los que mi amada no miraba.
Y ya viendo que había acaparado su atención, volví a pensar de nuevo: “esta es la mía”.
Tomo carrerilla, impulso perfecto, planeo perfecto, rama perfecta, ostia perfecta en el ala perfecta y este idiota proyecto de gorrión fue a caer delante de los hocicos del maldito gato.
EL GATO:

Yo estaba tan tranquilo haciéndome la manicura, uno es un gato callejero, pero esas gatitas no se conforman con cualquier cosa, ya me entienden, unas garras bien limpias pueden suponer el ser o no ser de un macho dominante.
El pajarraco se retorcía de dolor, por sus piados uno deducía que el animal se debatía entre la vida y la muerte.
Clamaba al cielo con la desesperación de quien maldice la fatalidad de fallar en sus primeros vuelos y de ir a caer ante las fauces de aquí el menda, del nuevo rey del parque.
Ustedes deben pensar que aquello para mí era lo más parecido a un regalo del cielo, pero aquel bicho tan feo, tan chillón, con esas calvas en su plumaje me dio tanta grima que no fui capaz de zampármelo.
De pronto se quedó quieto, lagrimeando, mirándome con el moco colgando con esas boqueras propias de los volantones y vuelvo a pensar en hacerme un piscolabis con el.
El gorrión entonces se pone a llorar y sonrió con mi sonrisa gatuna, perdonen, pero esta es la sonrisa de una estrella,la famosísima sonrisa del gato que se comió al canario, al gorrión en este caso.
El pollo olía fatal, con toneladas de adrenalina atascando cada una de sus fibras, debía de darse prisa si quería evitar que me diese un festín, yo o cualquiera de esos gatos de segunda que pululan a la que salta por el lugar, que por desgracia habían visto al infeliz pajarillo y acudían al lugar en tropel, relamiéndose.
Ustedes pensarán que estoy loco, que como es que dejé al maldito pajarraco con vida, muy sencillo, tengo un rival directo en el barrio, un gato malcarado y rabón que dice que perdió la cola peleando con un perro enorme y fiero; mentira, se lo cortó un humano por pura diversión.
El rabón me miraba desafiante, decidido se acercó al convulso avecilla sin mostrar el debido respeto.
Saqué los estiletes y con dos zarpazos le crucé dos veces seguidas los ojos del intruso.
El gato rabón sabía muy bien con quien se jugaba los cuartos, bufando ofendido tuvo que tragarse su orgullo y retroceder mostrándome sus afiladísimos colmillos, le hice un amago y todo su valor se esfumó a la carrera.
EL GORRIÓN:

Vi al enorme gato levantarse y avanzar unos pocos pasos hacia mí, yo, como pueden comprender estaba paralizado de miedo, era el fin.
Agotada a penas podía moverme y ya me limitaba a girar la cabeza para, al menos ver venir a la muerte, para asegurarme de cerrar los ojos solo en el momento justo, solo me restaba morir con la dignidad de la presa que acepta su destino con valor.
Contra todo pronóstico, el jodido gato pasó por encima mío y se interpuso entre el resto de la manada y el.
Retó a todos los presentes a atacarme, más ninguno deseaba estar tan cerca de perder los ojos como estuvo el gato rabón instantes antes.
Rabiosos mascaban su derrota y reculaban a sus cubiles.
Lo vi venir, pensando que ese era el momento y cerré los ojos con todas sus fuerzas, conté una, dos, y…
30, 60, 70…
Abrió un ojo, después el otro y viendo al gato dormitando a su lado pensó.
¿Tan poco valor me da que ni para comerme le valgo?_.
EL GATO:

¿Podéis creeros que el mierda pájaro aquel todo feo y retorcido allí hecho un pegote se ofendió al ver que no me lo zampaba?.
Pero si aquello era indigesto solo de verlo, sentaba mal al estómago solo de pensar en tragarme semejante espantajo.
Y así me lo dijo el canijo con plumas, que estaba aliviado, pero no menos ofendido, pues aun siendo un gorrión preadolescente se tenía por un ave de cuidado, solo superable por el poderoso halcón.
Yo sonreía, le dije:
“Anda, descansa un rato, perdiste el conocimiento y aproveché para curarte ese ala dislocada, en unas horas podrás irte”.
Y dicho y hecho el gorrión humillado por no servir tan siquiera de aperitivo fue a su rama a lamerse las heridas, sobre todo las del orgullo.
El tiempo cerró las heridas e incluso la memoria, pero quiso el destino que un día el gorrión ya adulto me viese desde el aire otra vez indolente gobernando mi mundo.
Decidió saludarme y con tal intención se posó justo delante de estas felinas narices.
EL GORRIÓN:

No me dio ni los buenos días, se acordó de mí enseguida. Me preguntó si me encontraba bien, si me dolía algo y yo a todo que perfecto, que nunca estuve mejor, etc…
Y cuando iba a preguntarle por su salud, por su vida, etc… me pregunta.
“¿Recuerdas que te ofendiste conmigo?”.
Y yo si, lo recuerdo, era a penas un crío irresponsable y no…
Con el primer zarpazo me desplumó entero, con el segundo me metió en su boca y comenzó a masticarme.
Así sí, así uno se siente algo en la vida, ¿veis?, además este ladrón de gato mastica como nadie.
Aghs.

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