EL SEÑOR DE LAS PROFUNDIDADES.


Le llamaban Pintxo, siempre estaba en el puerto o en la playa, lo que fuese pero pegado al mar, como solía decir sin dejar de mirar al horizonte en el mar, para estar lo más cerca posible del fondo y es que el tipo era de lo más raro del mundo. Un día le descubrieron caminando en el agua hacia dentro hablando solo y maldiciendo su capacidad de flotar. Lamentaba no poder caminar hacia las plataformas submarinas, hacia esos espacios tridimensionales en los que solo los animales superiores, los mejor adaptados a su medio pueden sobrevivir. Anhelaba visitar la última frontera de este mundo, la del abismo marino, y esa obsesión se manifestaba en muchas de sus capacidades artísticas. Fantaseaba diseñando las viviendas, elucubraba sobre qué lógica deberían seguir, medios de obtención energética no contaminante, impacto ambiental, etc. Aquella fantasía paso de ser una idea vaga a ser un sueño y de ahí a ocupar cada vez más obsesivamente las horas muertas de Pintxo. Pero en su cabeza, el se veía caminando por unas inmensas avenidas, impolutas arterias que comunican unas ciudades submarinas de otras.
Sobre su cabeza animales imposibles sobrevuelan las cúpulas transparentes que les protegen de la terrible presión producto de los miles de metros de agua que descansan sobre la estructura. Los habitantes de su mundo submarino eran bellos y estaban a salvo. Lejos de la locura humana de los de la superficie que se matan, se roban, se violan y se traicionan. Pintxo cada vez sentía mayor desencanto con la vida. No encontraba sentido a nada de lo que ocurría en el mundo y cada vez se sentía más de otro planeta, más incapaz de conectar con todas aquellas personas que con su sumisión ayudaban a construir un mundo cada vez menos habitable. Por eso sus momentos de concentración eran cada vez más frecuentes, más largos y más gozosos. Cada vez le costaba más regresar de su onírica Atlántida. Un día caminaba a toda prisa hacia la playa, llevaba un pliego de papel grande. La felicidad en su rostro era inenarrable y me picó la curiosidad, le seguí. Se metió hasta la cintura en el agua y allí abrió el papel, era uno de sus dibujos, lo miró como si se despidiese de el y avanzó un par de pasos más. Se que parecerá ridículo, pero me dio la sensación de que aquel diseño tenía algún significado especial en aquel contexto, como si aquel cuadro del pobre loco metido hasta el cuello de agua mirando un dibujo no obedeciese a una incipiente demencia, sino a un plan, a una lógica aplastante. Y de repente desapareció, fue la última vez que lo vi, y una vez más podéis llamarme loco, pero no me pareció que se hundiese, que nadase u se zambullese; fue absorbido por el mar, como si aceptase a Pintxo en su seno y asumiese el reto que suponía aquel dibujo. Desde entonces no dejo de acordarme de aquel loco, no me puedo separar de la playa ni del puerto y no dejo de pensar en como sería aquel dibujo. Creo que debería empezar a hacer algún esbozo, descargaré alguno de esos programas de dibujo y me pondré manos a la obra, fijo que es divertido.

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