AROMAS Y SABORES.


Fuimos a comer a uno de esos restaurantes autosuficientes en los que comes “lo que hay”, uno de esos locales metidos en el rincón más escondido del pueblo más recóndito del punto más lejano de los Pirineos.
El camarero, que resultó ser el cocinero, barman, agricultor y ganadero del local debió entender que a los de ciudad nos gustaría que nos hiciese un seguimiento exhaustivo de la vida de cada plato.

Ni que decir tengo que todo era delicioso, se notaba que los productos eran frescos fresquísimos y de primera calidad.
De la huerta de Evaristo para más señas, la carne de sus vacas, la fruta de sus árboles, la tarta de casa y los cubiertos seguramente también, ya me entienden, y así sucesivamente. “Esto es comida y no esas cosas de plástico que os dan en la ciudad” repite.
Evaristo estaba acostumbrado a escudriñar, lo hacía con el cielo, con el monte y con la gente; adivinaba los involuntarios gestos
de placer ante los deliciosos aromas que se nos escapaban por la sonrisa, momento que aprovechaba para sentarse un par de minutos en nuestra mesa.
En una de las treguas que nos dio el bueno de Evaristo, me quedé pensando sobre lo que comemos, sobre lo que nos gusta o no tomar para calmar nuestro hambre y llegué a una serie de conclusiones que me dejaron perplejo.

Tomad un tomate y dadle una vida regalada, tapadlo para protegerlo de las inclemencias del tiempo, dadle todos los alimentos que precise, agua y libradlo de plagas; obtendréis un fruto precioso, grande, perfecto, terso.

En cambio tomad otro tomate y dejad que madure al aire, que sufra los fríos al romper el alba, el sol de justicia que cae de plano al medio día, una restringida disposición de agua y si hay suerte algo de estiércol; tendremos un tomate deforme, feo, de un color entrevedado.

Hasta aquí todo entra dentro de lo razonable, pero ¿qué pasa al
abrirlo y tomar un trozo?.
El tomate hermoso a penas tiene sabor, es pura agua insípida y sosa, es una mentira como las muchas que nos tragamos sin masticar a lo largo de nuestras vidas.

Por el contrario el otro más canijo y feo es una verdadera delicia, su sabor llena nuestra boca y sus aromas despiertan recuerdos de la casa de los abuelos, de la huerta, de la infancia; nos hacen querer más.

¿Cuál es la diferencia?, la respuesta es sencilla, el sufrimiento, el dolor, la pelea rabiosa por la vida; esa es la diferencia.

Tenemos preferencia por el sabor del dolor, nos gusta el aroma del sufrimiento que son los que dan los frutos más retorcidos sí, pero también los más sabrosos para nosotros.

Es gráfico, pero cierto, somos así.

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