BAJO UN SOL ROJO.


Mi alma jugaba con sus recuerdos, solía fantasear apretando los ojos con tanta fuerza que veía chispas revolotear caóticas a mi alrededor a través de mis párpados.
Así era el mundo al que me vi condenado, todo lo veía hacia dentro, imaginándolo, recordándolo porque mis ojos se apagaron en la sala de un hospital un sábado por la noche solo y olvidado.

La última imagen recogida por mis ojos era la de mis brazos llenos de agujas, gomas, tubos y una exigua bata verde que cubría mi carne blanquecina. Conforme pasaba el tiempo insensible y cruel, la luz de la vida en mi cuerpo se iba apagando como una vela al final de su mecha.
Aterrado comprobé que los miembros desobedecían obcecados las órdenes de mi mente yaciendo pesados, inertes ante las amenazas de este mundo despiadado que me creó para regocijo y divertimento de dioses rencorosos, vengativos y despiadados.

Así poco a poco, como un caco que huye de puntillas, una nueva concepción del espacio y del tiempo tomaba forma, crecía y se hacía fuerte.

De pronto todo lo que mi alma creaba, imaginaba o fantaseaba, quedaba a un pensamiento de distancia, tan lejos como un parpadeo.

El Universo venía a mi con el requerimiento de un efímero deseo.

No necesitaba una intención, ni mucho menos una razón, yo lo llamaba y la bóveda celeste giraba y se retorcía para mí y solo para mi.

Entonces al darme cuenta de lo que ocurría sentí una felicidad infinita, una paz, una alegría que me llenaba el espíritu de una energía luminosa, cálida y limpia que me hacía volar o flotar estático a mil metros de profundidad en el mar más oscuro y sereno jamás visto.

Sentí el primoroso latido del recién nacido, el frescor de su primera bocanada de aire llenar sus pulmones y el primer abrazo de su madre amorosa.
Sentí, asumí y tomé conciencia de que mi cuerpo quedaba atrás y que ahora vivía en mi alma.

Yo ya no era yo, yo era un pensamiento, un todo y la nada en el mundo que mi amante alma creó celosa para mi solaz, para mantenerme allí en la seguridad de su abrazo.

Y tal fue mi paz, mi serenidad que los recuerdos se me escapaban como arena entre los dedos de mis manos, cada día eran más difusos, más inexactos, no hacía mucho que mi alma se dio cuenta que la imagen de sus seres queridos ahora se reducía al lejano y amortiguado eco del sonido de sus voces, de sus respiraciones y a veces simplemente a su olor.

Estaba completamente seguro de que pronto mi alma también se apagaría, de que pronto me regalaría sus últimas imágenes y que con su fin se terminarían mis adoradas tardes bajo este precioso sol rojo.
Seguí forzando los párpados, al poco tiempo manchas móviles de luminosos colores engañaban mis muertas retinas con formas y contornos, con suaves e hipnóticos movimientos que me resultaban agradablemente familiares y a la vez tan lejanos.
Esa sensación me mareaba, me desorientaba en suma.

Sentía como fallase el suelo a mis pies y pronto dejaba de sentir incluso los pies el vértigo era horrible.
Pero era una sensación que pasaba rápido.
Una brisa, el lejano griterío de las gaviotas tomaba con delicadeza mi alma y la transportaba de nuevo al origen, al punto de partida, a aquella terraza bajo un sol rojo carmesí cuya facultad más desesperante era la de apresurar las horas tanto que no tenía tiempo material para retener las imágenes.

Recurría a los rincones más escondidos de su memoria para desenterrar de las arenas doradas tesoros de incalculable valor, joyas que descomponían la luz en mil colores y que jugueteaban dibujando sombras alargadas al atardecer, creando contornos que preguntaban ¿por qué?.
Y que solo recibían el eco de su propia voz ensordecida como respuesta clara, concreta y de una simpleza incontestable.

En mi mundo oscuro solo existía aquella puesta de sol, aquel cielo y aquella arena lamida por el mar indeciso yendo y viniendo, bajando y subiendo como siempre constante, incansable.
Era un día extraño, mi alma se sentía intranquila, un sofocante desasosiego la perturbaba intensamente.

De algún modo intuía, sabía que aquel día iba a ser especial, distinto a todos.

Por vez primera un punto negro se recortaba entre la línea del horizonte, una figura inaudita se interponía entre el cielo y el mar.

Una barca de vela se acercaba rauda hacia la playa en la que mi alma contemplaba indolente el paso del tiempo, y a bordo un señor estrafalario saltaba excitado de un lado a otro y hacía señales con la mano.

Al llegar a la playa muy amable y presa de una curiosidad cuanto menos insistente, con una agradable sonrisa en su rostro saludó a mi alma boquiabierta afectuoso.

_Saludos alma solitaria_.

Tras cada frase el barquero parecía ponerse de puntillas, dominar a su contertulio, observarlo, retener el más mínimo detalle sobre la fisonomía del sujeto, como si tratase de recordar de que le conocía.
_Veo que estas muy a gusto en la playa. Buena temperatura, una brisa agradable_.
Era exasperante la movilidad, el constante movimiento, y ese rápido, constante y exagerado parpadeo.

_Un lugar tranquilo, si de verdad se esta muy bien aquí_.
Respondí de modo maquinal por pura y estricta cortesía.
Mi contertulio estaba decidido a darme el día así que solo me tuve que mentalizar para no perder los estribos y resistir el chaparrón.
No me dio la más pequeña oportunidad de pensar ni mis respuestas, ni mis reacciones.

¿Te molestaría que me sentase a tu lado?_.

Y sin esperar contestación alguna se acomodó a mi lado.
Tras unos segundos sentados en silencio en los que el extraño visitante no dejó de observarme con descaro, el tipo rompió el silencio con una pregunta.

_¿Cómo es que puedes verme?, normalmente soy invisible para las almas que se pierden por aquí. Así cuando hago mi trabajo lo hago completamente desapercibido_.
Mi alma estaba intrigada con aquel personaje, así que sin consultarme siquiera le preguntó directamente.

_Yo pensaba que este era mi último recuerdo, la última imagen que guardo como oro en paño desde que mis ojos me abandonaron.
¿Cómo has llegado hasta aquí?_.

El invitado respondió sin perder ni un instante la sonrisa.
Tenía una dentadura perfecta y blanca.

_Vine pensando que nadie me veía, de hecho pensaba que jamás nadie me vería.
Estoy muy contento de que me hayas visto, llevo miles de años sin poder hablar con nadie y estoy tan contento de hablar con alguien que te voy a proponer un trato, un buen trato, ¿quieres escucharlo?_.
Sin esperar el extraño continuó.
Ciertamente se notaba que llevaba mucho tiempo sin cambiar palabra con nadie, porque se le veía encantado con la situación.

Mi alma con los ojos muy abiertos no perdía detalle.

Mi espíritu y yo estábamos intrigados aquel tipo cada vez resultaba más intrigante, más interesante y decidimos escuchar lo que nos ofrecía.
Un leve gesto, un asentimiento con la cabeza y con socarrón gesto comenzó a hablar.

_Amigo mío te voy a dar la oportunidad de cambiar una cosa del mundo que justo estas abandonando, eliminar algo que consideres realmente negativo para la humanidad y si aciertas, si el cambio que introduces es positivo el premio será de incalculable valor_.

Mi alma no entendía bien aquello, y el marino debió leerlo en el gesto de estupor de mi rostro.
Pero continuó a sabiendas de que al final comprendería… y aceptaría.

Tu y solo tu tendrás la potestad de escoger tu próxima vida.

Podrás escoger las mayores riquezas, una vida de lujos sin freno, conocer el dulce sabor del poder, el dominio absoluto de las maravillas de la ciencia y el conocimiento, la fama las luces.
Si aciertas pondré el mundo a tus pies… si así lo deseas.

Yo alucinaba, seguro.
Incrédulo del todo le insistí repetidamente en que confirmase sus palabras, le hice repetírmelo un millón de veces y el con una sonrisa comprensiva asentía mientras confirmaba punto por punto su oferta.

Decidí aceptar el reto excitado, tenía mi sistema infalible para adivinar cosas y utilizaría mi infantil superpoder para anticiparme a cualquier acontecimiento, para prever el resultado de mis actos.

Iba a ganar el premio y pronto abriría los ojos en un mundo dulce, plácido pleno de satisfacciones.

Con la aceptación del trato y de sus condiciones, mi nuevo amigo se evaporó antes mis ojos,
recordándome por ultima vez nuestro trato antes de convertirse en una nube de trazos color purpurina dorada para acto seguido desaparecer en la nada.
Permanecí un tiempo pensando en que vida escogería, fantaseando con el lujo la sofisticacion, viajes de ensueño, en una vida de lujo, en mi próxima vida y me deleite ante las perspectivas.

Pero no quise perder ni un solo minuto, no tenía mucho tiempo y como comprobaría enseguida no era una tarea fácil.

Me acosté deseando que desapareciese toda manifestación del mal sobre la faz de la tierra.
Fui a lo fácil y pague mi estupidez porque al usar mi intuición descubrí ¡que en el planeta no había más que piedras mondas y lirondas, mi amado planeta azul no era más que un puñado de peñascos muertos!.

El viento reseco me increpaba.
_¿Qué has hecho?.
Desperté sobresaltado y me respondí a mi mismo.

_Está bien, hay que hilar más fino. Pero ¿cómo iba a pensar que no se librase absolutamente nada vivo?. En fin pensaré algo mejor, la noche es joven y cuando llegue el nuevo día renaceré entre algodones_.
De pronto…¡Albricias, lo encontré!, busque los aspectos que yo más denostaba en las personas y lo apliqué al conjunto humano, fue sencillísimo, y el resultado a priori un rotundo éxito….casi.

Antes de que mi alma cerrase los ojos de nuevo para interiorizar mi opción de cambio di con la ecuación del mal y la apliqué, no podía fallar, era infalible.

Decidí cambiar la avaricia por generosidad, eliminar el egoísmo que corrompe a las personas y que las lleva a cometer abusos contra sus semejantes menos afortunados o con menor determinación a la agresividad.

Abusos que desencadenan reacciones nefastas como las guerras, la miseria y el hambre.

Estaba pletórico, encantado.
Había librado de un plumazo la miseria de la faz de la tierra, las personas tenían un plato en su mesa y hablaban, se comunicaban expresando sus desencuentros sin necesidad de derramamientos de sangre. Los gobiernos eran compuestos por personas competentes de todos los colores de toda índole y la generosidad era algo innato en las personas.

Los hombres ya no necesitaban realizarse descubriendo lugares nuevos o escalando montañas altas. No sentían el impulso de prevalecer sobre sus semejantes, de encontrar maneras más eficientes de realizar las tareas más comunes, no competían ni lo necesitaban.
El resultado fue otro desastre, no me lo podía creer, mi alma estaba estupefacta.
Toda aquella sucesión de bienintencionados cambios eliminaron el impulso egoísta que lleva al individuo a querer mejorar y a arrastrar al resto de competidores y con ello a la especie hacia límites superiores de existencia.

Perder el instinto de rebelión de respuesta a la agresión hizo a los hombres indolentes e irresponsables y quedarse sin la perspectiva de lo que hay en el lado oscuro de la vida los hizo inconscientes, los convirtió en reses gordas inútiles y estúpidas.
Montones fofos de carne sin chispa incapaces de soportar el más mínimo contratiempo, inoperantes por completo.
Uno de ellos me miraba con los ojos embotados, a penas podía hablar asfixiado por la enorme y temblorosa papada para increparme…
_¿Qué has hecho?_.

Me sentía derrotado, abatido incluso notaba la mirada de mi alma fija en mi cuerpo inerte, como buscando alguna pista en los despojos que me unían a la paradoja humana que habíamos vivido unos pocos instantes antes.
Como si pensase que la clave pudiera estar escrita sobre la superficie de mi piel.

Digerí la nueva derrota, mastiqué y probé el sabor amargo del fracaso.
Era tal mi frustración que me parecía oír al barquero reírse de mi desde donde fuera que estuviese, se burlaba de mi desesperación, de mi cortedad.
Y yo no hacía más que volar cegado por las luces para golpear mi cabeza contra el cristal de la obviedad sin poderlo atravesar.
Retomaba el hilo de mis pensamientos buscando, indagando.

Y cuando pensaba que mi reencarnación sería tan anodina y miserable como la anterior…o quizá peor, un nuevo rayo de luz me iluminó.
Decidí que quizá bastaría con cambiar cosas realmente malas en sí, aquellas cosas inexplicables y odiosas, esos actos tan canallas y viles que es indiscutible su villanía, su repugnancia.
Y decidí que era buena idea buscar lo más rastrero y miserable de la especie humana y desecharlo de un plumazo.
Seguro que con aquello obtenía el resultado apetecido.

Y recordé aquellas vidas miserables, ese materialismo enfermizo y aberrante que crea familias rotas, nidos de lobos con piel de cordero, maltratadores que prostituyen hijas y madres y que sumen al ser humano en lo mas bajo, en lo más amargo del desamor, en la incapacidad de respetar y amar a nada ni nadie.
Seres para los que cualquier excusa es válida para el odio, la agresión, para la violencia traicionando hermanos solo por ser de distinto color de ojos o de piel abriendo la veda a cazas homicidas.

Y desee que eso se terminase para siempre mientras ordenaba a mi mente que visualizase el mundo sin esas lacras.
Quise escuchar a todos los niños del mundo reír felices.

Pensaba que triunfaría sin remisión, estaba de nuevo en mi marco paradisíaco viviendo como un rey, como la más rutilante estrella del firmamento, sacando pecho esperaba las primeras intuiciones.

Fue un desastre, las víctimas de antes se tornaron verdugos, las lágrimas simplemente cambiaron de rostro, de ojos.

Los que fueron ultrajados ahora ultrajaban, los violados ahora violaban y el escenario no mejoró en absoluto.
Comprendí que las personas éramos así, que nuestra evolución nos había convertido en monstruos insensibles desde el mismo instante en que abandonamos orgullosos el reino de los animales, de la naturaleza y de sus leyes creando un estatus en el reino de la vida artificial y engañoso…

Y entendí, lo entendí, por fin mi alma se iluminó y no necesité usar mi superpoder, lo supe taxativamente y lo pedí, lo pedí con toda mi alma.

_Deseo que el hombre nunca aprendiese a dominar el fuego_.

Mi buen amigo el barquero me miraba asombrado con una mezcla de paternal simpatía y de admiración.

_Lo has entendido mi buen amigo, míralos. No queman bosques no necesitan grandes mansiones ni potentes coches de lujo, tampoco levantan la mano contra sus hermanos simplemente se dejan conducir por la naturaleza sin alterarla, sin inmiscuirse y evolucionan a estados de comprensión tan altos, tan simples y elevados que…_.

Se interrumpió y me abrazó, con lágrimas en los ojos me miró de cerca y me dijo.

_Es la hora de que escojas tu premio hermano, dime qué vida deseas, que lujos, que virtudes deseas en tu nueva reencarnación. Lo que desees estará a tus pies, es lo prometido_.

Por alguna razón me encontraba profundamente afectado, al ver a aquellos seres humanos a la
intemperie, felices y simples tomando lo justo indispensable de aquella naturaleza generosa una tristísima sensación de nostalgia, incomprensible pero vívida me embargaba.
_Mi buen barquero, ¿acaso lo dudas? Este es mi sitio, este es mi mundo, te suplico que me permitas compartir este lugar maravilloso con estos seres humanos. Mira como ríen sus niños…_.

Guardé silencio un segundo más para empaparme de aquella cándida luz y volví mi cara fijando la mirada en la suya.

Mi alma se hacía más y más grande y su felicidad nos inundó a los dos, al barquero y a mi.

_Mi buen barquero, ábreme las puertas del paraíso_.

Y a las puertas de mi nacimiento me despojé de mis ropas, de todo aquel peso muerto y vergonzante y así desnudo caminé bajo un sol rojo hacia los brazos de mi madre.

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