AMANECÍA.


Antes del descubrimiento, las personas poseían una especie de habilidad para reconocer los estados emocionales de los demás, una especie de sensibilidad que les permitía interiorizar lo que otra persona pudiese sentir en un determinado estado o momento obedeciendo a unos estímulos conocidos; se le llamaba “Empatía”.
Esta peculiaridad humana fue declarada enemigo público número uno para la clase dominante pues era la mecha que hacía detonar la rebelión, el fulminante que hacía que individuos lejanos pudieran llegar a unirse haciendo causa común poniendo en peligro así los cimientos sobre los que descansaba su fuerza.

Fue entonces cuando estudiando una disfunción emocional denominada “Síndrome de Asperger (SA)” observaron que los síntomas de este mal constituían lo que para ellos sería el ser humano perfecto y lo mejor para sus intereses es que dichos síntomas además podían ser inducidos y aprovechados.

Las personas con SA tenían la peculiaridad de no ser empáticas, les resultaba imposible incluso reconocer el significado de una sonrisa o descifrar cualquier comunicación no verbal.
No conectaban ni eran capaces de ponerse en el lugar de sus semejantes ni comprender su dolor, miedo o sinsabores.

En definitiva, se convertían en seres mecánicos aislados dentro de la multitud, perfecto.
Otro aspecto positivo de estas personas es que solían ser superdotadas, se concentraban intensamente en temas específicos, por ejemplo, se obsesionaban por la astronomía, la música, el deporte, etc y no podían ser distraídos por estímulos externos más allá del cometido compulsivo que habían adoptado.

Esto no solo les hacía ser ciudadanos perfectos, dóciles y sumisos, sino que además eran unos trabajadores excepcionales, poco más que simples máquinas orgánicas instaladas en la cadena productiva.

Trabajadores que no hacían causa común, pues no comprendían que sus necesidades eran las de todos sus compañeros, claro que tampoco entendían del todo el concepto “compañero”.

Hecho este descubrimiento y observando que había tratamientos y drogas que simulaban e incluso inducían este estado mental, se lanzaron en tromba a poner en práctica tales tecnologías.

Aditivos en los alimentos que destruían las sinapsis neuronales de modo selectivo, mensajes subliminales que inducían comportamientos maquinales, bombardeos desinformativos que aislaban y alienaban cada vez más a los hombres ya bastante atomizados.

Lograron su objetivo, asombrados vieron como la belicosidad de las masas ante sus abusos había sido anulada, cometían desmanes, atracos, robos, asesinatos, genocidios y el pueblo drogado por los aditivos en el agua, en los alimentos y enajenados por aquel armónico inaudible que directamente fundía sus mentes agachaban la cabeza.
Habían sido reducidos al estatus de las reses.

Hans Asperger, el primer hombre que estudió esta patología llamó a sus jóvenes pacientes “pequeños profesores”, debido a que pacientes de tan solo trece años de edad conocían su área de interés con la profesionalidad de un profesor universitario.
Por el contrario la clase política ni siquiera se molestaba en eso, se refería a ellos con el nombre de “Individuo” seguido de un número.

Décadas después de comenzar tal tratamiento a la población los efectos secundarios comenzaron a mostrar sus garras, enfermedades mentales cada vez más graves se habían hecho mucho más frecuentes y mucho más severas, eran secuelas que los políticos “asumían”, un precio que alguien debía pagar por un mundo en conveniente calma y ese fue su dramático error.

Las personas evolucionaban ante sus ojos, unas veces más rápido, otras más despacio, pero no se dieron cuenta de que el tratamiento empezó a perder efectividad.
Generaciones expuestas a los agentes patógenos habían evolucionado en las personas hacia una tolerancia casi inocua.

El hombre recuperaba su pensamiento autónomo y las autoridades cada vez más se veían obligadas a someter por medios violentos a una masa humana que descubría el infierno en el que estaban sumidos por culpa de aquellos mal nacidos.

Al tiempo que recuperaban la empatía, la solidaridad y el pensamiento abstracto el poder establecido se debilitaba y caía presa del pánico.

Aquel día, generaciones de esclavitud estallaron, los gobiernos lanzaron a las fuerzas del orden contra los ciudadanos, fue el infierno, en pocas horas las poblaciones se sembraron de cadáveres, la muerte no daba a basto y mientras llegaba a llevarse su botín de almas millones de personas se retorcían agonizando y regando de sangre el mundo.

Era la tercera guerra mundial, la que no contemplaba fronteras, la que no hablaba de naciones ni de ejércitos.

Era la peor de las guerras, la de los hombres contra los hombres, la que enfrentaba a todos contra todos, la que convertía a todos en enemigos.

Cuando la condición humana retrocedió hacia la bestia que llevamos dentro, paradójicamente la matanza cesó, tal como empezó, con la misma violencia, los cuchillos, las armas, pararon, la sangre cesó de manar y por fin se articularon las primeras palabras.
Perdón, principio, unión… estas fueron algunas de aquellas primeras sentencias tras la debacle, volvió el sentimiento de manada justo lo que necesitaban para empezar de nuevo.

Cabía la posibilidad de un nuevo principio, los que provocaron la matanza pagaron su culpa y los hombres ya no odiaban, estaban cansados de ser infelices, aterrorizados de sus actos.
Amanecía.

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