DUERME PEQUEÑA.


La medianoche llegaba como las últimas semanas, con una presencia latente en el aire.
La atmósfera de la habitación de pronto se hacía pesada y espesa.
Voces irreconocibles que murmuraban por todos los rincones, entre las que destacaba una voz masculina con un tono incluso dulce, pero con una carga de malignidad insoportable para la mujer.

_Estoy mirando a través de la cerradura de tu habitación y no tienes la más pequeña posibilidad de escapar, no tienes salvación.
Cuando esta maldita luz que me lacera la piel y que me enloquece de dolor duerma yo volveré a por ti y me deslizaré por debajo de la puerta, me filtraré por las rendijas de la ventana, entre las tablas del suelo y tomaré tu alcoba por la fuerza_.
Las pesadillas empezaban siempre más o menos con la misma conversación, esa voz pastosa y condescendiente que tenía la facultad de helar su sangre y de paralizar su sistema nervioso.
_Tu estarás asustada, encogida de miedo como un armadillo, un amasijo de piel y huesos retorcidos con la cabeza tapada bajo las sábanas, sintiéndote estúpidamente segura arropada por el peso y el calor de las mantas.
¿Una protección ridícula verdad mi niña?_.
Sentía el aliento del personaje que se dirigía a ella en la nuca y le producía una violenta descarga eléctrica en la espina dorsal.
Se agitaba aterrorizada por la sensación de inmovilidad que atenazaba sus fibras.
_Dime pequeña, ¿no adivinas quien soy, por qué estoy aquí esperando?, atento a que te falte el aire en tu trinchera de sábanas y mantas para aprovechar su oportunidad.
Tarde o temprano abrirás tu coraza invulnerable para respirar y yo estaré agazapado entre las sombras_.

El aire cada vez estaba mas viciado bajo las mantas, la cálida humedad la ahogaba, pero el terror le hacía resistir aquella tortura, el miedo a lo que pudiese ver mas allá de las sábanas, sobre ella, alrededor de la cama. Imaginaba unos ojos monstruosos que se acercarían a los suyos hasta penetrarlos con aquel odio.
_Porque yo soy el que respira a tu oído, el que susurra, soy el escalofrío a media noche que repica en el cristal de tus ventanas.
No vas a dormir, no descansarás.
Hoy estoy a los pies de tu cama mirándote, observándote, pensando en que pronto serás mía, pronto te llevaré conmigo a un lugar en el que no podrás protegerte de mi simplemente mirando hacia otro lado, ignorándome, evitando ver la realidad_.
La cabeza de la mujer se movía espasmódica de un lado al otro con violencia entre gemidos, entre sollozos entrecortados mientras palabras febriles escapaban de sus labios.
La tortura continuaba.

_Miles de largos y viscosos tentáculos caen retorciéndose desde mi cuerpo al suelo y reptan palpando todos los rincones de tu alcoba dejando a su paso un viscoso y nauseabundo rastro.
Y te buscan, buscan lamer tu piel blanca, degustar tu sabor con deleite antes de clavar miles de garfios por todo tu cuerpo dulce_.

A su lado en la cama un hombre despertaba a causa de la agitación de la mujer, con gesto de fastidio ignorando el sufrimiento de su esposa le dio la espalda y trató de dormir un rato más.
Estaba acostumbrado ya a los episodios de pavor nocturno de su compañera y le hartaba la situación.

Negándole así lo que quizá ella más necesitaba en aquellos trances, precisamente aquello de lo que él le privaba, un abrazo, una caricia que apaciguase su alma atormentada.
_¿Me oyes, puedes oír como tus muñecas, tus niñas, son rotas y desmembradas, cómo separo sus cabezas sin vida de esos cuerpos rechonchos?, dime mi pequeña paloma ¿no vas a mirar lo que les pasa a tus amigas de juegos?_.
En la mente sus muñecas movían la cabeza hacia ella y deformaban sus redondeadas facciones se transformaban en horrorosas muecas que querían imitar sonrisas demoníacas, gestos odiosos en unos ojos muertos y estrábicos.
_Sal de tu maldito escondrijo de una vez para que pueda agarrarte y llevarte conmigo, mirame, solo una vez y será suficiente pequeña, vamos ven, ven_.
Los ojos de la mujer, al contrario de los de las muñecas, se movían frenéticos bajo sus párpados, instintivamente había escondido su cabeza como un acto reflejo heredado de su propia niñez, una vuelta al útero buscando ese recuerdo inconsciente que le hacía sentir una seguridad, una paz muy especiales.
_Mira mi rostro mujer, mira mi cara. ¿Me recuerdas?, ¿te resulto familiar?.
Yo soy quien perturba tu descanso, soy yo quien destruye tu vida cuando duermes…y cuando velas. Por mucho que te lo niegues, por mucho que mires a otro lado, me conoces bien. Yo soy tu amo, tu dueño querida mía.
Y ahora ven a mi, acércate_.

Se revolvía inquieta entre las sábanas empapadas de sudor.
Se acercaba al monstruo sin poder evitarlo, ella trataba de sobreponerse , de resistirse a cada paso, a cada movimiento en su dirección, pero era del todo imposible, caminaba hacia la aberrante presencia de pesadilla y la figura se agrandaba sobre ella.
_Mírame pequeña, mírame los ojos, la boca, el rostro.
Mira al hombre que duerme contigo.
Si amor mío yo te amaba, deseaba tu cuerpo, a ti.
Odio pensar en lo que estarás haciendo cuando yo no estoy, me consume la idea de verte entregándote a otros hombres y te odio, entonces deseo matarte a ti y al mundo, aborrezco todo lo que me evoca tu imagen, lo que me recuerda a ti_.

La pesadilla, el horror de esas presencias en su alcoba, el acoso al que era sometida por su visitante nocturno estaba minando su reposo y empezaba a hacerse notar en su rendimiento personal, en el humor, en todo su devenir diario.
Se levantaba rendida, agotada y las perspectivas del nuevo día eran cada vez más sombrías.

_Y querida mía, ese odio crece y crece en mi interior, te veo desnuda entregando lúbricamente tu sexo a todos los hombres que conozco, yacer con ellos en mi cama, con mi esposa.
Esa imagen me machaca constantemente la cabeza hasta que llego a casa y te veo_.

La falta de placidez en sus horas de descanso, durante su sueño cincelaba profundas ojeras negras bajo sus ojos, ralentizaba su cuerpo y su mente y disminuía la lucidez y reacciones de su mente.
Hasta el punto de reconocer perfectamente el rostro que tanto la machacaba y no querer admitir la realidad.

El personaje seguía su acoso.
_Sufro con tu gesto culpable tu olor a hombre, a hombres, a sexo y enloquezco.
¿Por qué me mientes
cuando te pregunto?, ¿por qué no reconoces tu pecado?.
Yo se que eres adúltera y voy a arrancar ese pecado, ese olor de tu corrupta piel de víbora a tiras_.

El hombre harto de intentar dormir junto a su mujer se levantó, bebió un trago de agua y ahora la miraba desde la silla junto a la cama.
Desde la primera vez que las discusiones terminaron en algo más que ritos, empezaron las pesadillas de su esposa, el lo había pensado en varias ocasiones, por eso se había negado a ponerla en observación, sabía que terminarían por encontrar las marcas y la causa de su tormento.
Al reconocer el rostro del terror, el objeto de sus pesadillas, ella se sintió el centro del universo, el centro de un cosmos caótico en el que todo giraba y convergía en ella.
En su mente, en su cerebro, en su espina dorsal, en sus terminaciones nerviosas y en los cardenales de su cuerpo.

Era tal su estado de horror que por fin como una bestia acorralada se revolvió lanzando la ropa a un lado poniéndose en pié de un salto, gritando y rugiendo como una fiera enloquecida.
_¡Olvídate de mi bestia del infierno, déjame en paz de una maldita vez.
¿Acaso no sufro bastante en esta mil veces maldita vida como para que destruyas mis únicos momentos de paz?!_.

Al revolverse, su enemigo que esperaba esta reacción se mostró por fin en toda su abominable realidad.
No como una bestia del infierno, no como un ser mitológico oscuro y cruel, sino como una presencia omnipresente y familiar que nacía de lo más profundo de su mente corrompida por miedos y complejos que la atormentaban.
De su propio vientre salían tentáculos rojos que separaban y rompían sus fibras entrando y saliendo de su cuerpo golpeándola y destrozándola torturando su cerebro con un dolor inenarrable. Desesperada llevó las manos a las sienes apretando con la fuerza que da la desesperación, el desgarro y lanzando un nuevo grito de dolor comenzó a arrancarse las ropas a tirones, a arañar su propia piel clavando sus uñas como garras profundamente.
_¡Maldito seas, vete, vete, vete!_.
Y se desmoronó de rodillas sollozando, sola, envuelta únicamente por las brumas negras de sus sueños.
En aquella posición postrada sintió como todo se detuvo un instante.
Ella permaneció quieta, mirando un enorme y vetusto espejo cubierto de un polvoriento y grueso dosel dorado con bordados rojos.
Al mirar el enorme mueble el espanto pareció encogerse y retroceder.
Dando la sensación de que la visión que se ocultaba tras la gran cortina aterraba al espectro mismo tanto como a la mujer que indefensa, en su desnudez, caminaba hipnotizada hacia el cortinón retirándolo con un único golpe de su mano.

No fue nada espectacular, simplemente el espejo reflejaba el cuerpo desnudo de la mujer, sus formas turgentes realzadas por el copioso sudor que la bañaba por completo.
También se distinguían los sangrantes surcos que sus uñas habían trazado al arrancarse los sanguinolentos jirones de ropa.

Pero ocultas por el intenso y agresivo color rojo de la sangre había más cosas, había moraduras, golpes.
En su brazo se marcaban unos dedos, una garra de hierro que hizo violenta presa en ella, en sus costados cardenales enormes frutos de los golpes recibidos.
Como un susurro solo una palabra escapó de su mente.
Una palabra que retumbó en ambos mundos, un monosílabo poderoso y liberador que ha hizo fuerte.

_Tú_.
Ajeno al dolor de su mujer, el esposo sintió un escalofrío, una suave sacudida que le llevó a pensar en todas las veces en las que su esposa mantenía peleas violentas en sueños con enemigos invisibles.
Luchas en las que el de algún modo sabía que la amenaza contra la que su mujer luchaba era él mismo.
Se acariciaba el mentón mientras pensaba con preocupación en qué sería de él si aquello que azoraba los sueños a su compañera de tal modo llegaba a salir de aquella habitación, de aquella atmósfera viciada.
_No permitiré que me señales querida, nadie conocerá tu dolor, nadie sabrá tu quebranto.
Comprende amor mío que todo lo hice por ti, por evitar que pecases, que me humillases.
Porque, mi vida, si eso pasase, si llegases a pertenecer a otro, yo os mataría a los dos_.

El le susurraba al oído pensando que ella escuchaba sus palabras mientras deslizaba la mano hacia las vías respiratorias de su compañera, hacia el cuello y empezaba a presionar la tráquea de la indefensa mujer a la que un día juró amar y proteger en lo bueno y en lo malo hasta que la muerte los separase.
Al principio presionaba sin mucha decisión, pero al oír el sonido de la garganta de la mujer al aspirar forzada el aire se sintió poseso por un ansia liberadora por terminar con esa amenaza yacente, por ese amor odio que le desgarraba con los dientes afilados de unos celos enfermizos y malsanos.
Ella aun en su sueño sentía los tentáculos del monstruo alrededor de su cuello.
Sentía como en cada exhalación de aire la presión subía imposibilitando la siguiente bocanada de aire. Comenzó a sentirse pesada, abotargada y agitó violentamente la cabeza.

El apretó los ojos y los dientes mientras la garra sobre el cuello se hacía férrea, no alcanzaba a ver la dimensión del sufrimiento de su joven y bella esposa.
El sólo quería escapar de ella, de los celos que sentía al pensar en ella, al verla saludar a un amigo, a un vecino, a un hermano.

_Mírame zorra, mira como me llevo tu último soplo de vida con mis propias manos, con estos apéndices que tanto asco te dan, que tanto te repulsan.
Eres mía y yo he decidido que has de morir por mi bien_.

Solo le preocupaba que nadie pudiese verla jamás en semejante estado de agitación, le desesperaba no poder hacer nada por borrar los golpes, ni por combatir esa voz que le incitaba a golpearla a culparla cada vez que algo le contrariaba, era como si la viese poner a todo el mundo en su contra mostrando las marcas de sus golpes.
De pronto ella abrió los ojos de par en par y él quedó atrapado en ellos unos instantes.

No fueron minutos, ni segundos, a penas un soplo de aire el que le hizo permanecer fijo en el fondo, en lo más profundo del alma de la joven.
De aquella profunda oscuridad las pruebas del horror causado, todo aquel mal le fueron devueltos como puñales emponzoñados de odio, de venganza y de aquel pozo arcano de locura cientos de tentáculos nauseabundos penetraron por su boca por sus vulnerables ojos por sus oídos y por sus fosas nasales sorbiendo la cordura y rompiendo en añicos aquella mente loca y obscena.
Y la pesadilla se dio por satisfecha con su nueva presa, le debió parecer un buen trato pues poco a poco liberó a la fémina de su garra.
_Adiós mi pequeña estrella, con tu luz has superado tu prueba, tu amor te ha hecho libre, y ahora, por fin ha llegado la hora en que los culpables han de pagar sus delitos, sus pecados_.
Ella no escuchó estas palabras, esta despedida, pero si sintió la placidez, la paz, el descanso que de modo solapado produjo la actitud de su acosador en ella.
Era su último grito, su último rechinar de dientes.

Abrió sus aun vidriosos ojos de par en par como queriendo ayudar al aire a entrar de nuevo en los pulmones, a llenar sus vías respiratorias por fin y se encontró con la imagen de su amado, de su esposo.
Se topó con el gesto de sufrimiento, el vivo horror que se marcaba en sus labios apretados y finos que a penas dibujaban una línea violácea.
En su cándida inocencia se vió desolada por la impotencia de ver sufrir a la persona que amaba y que sus manos fuesen incapaces de ayudarle.
Viéndole así se sentía impotente, el ser menos relevante del mundo para el.
Y sintió el impulso de consolar su sueño, de darle su piel y su calor para mitigar su dolor.

Cerró un momento los ojos al abrazar al hombre y al entrar en contacto con el se le fue revelado lo que el deseaba, lo que estaba haciendo con ella en el mismo momento en que el cayó desmayado y ella despertó de su tortura onírica.
Un flash y le vió apretando su garganta, la sonrisa demoníaca en su rostro mientras lo hacía, su aliento pegado a su rostro dormido.
Incluso pudo escuchar sus palabras, aquellos susurros en sus mismos oídos inconscientes y a la par aterrados.
Mientras tras esos párpados frenéticos ella supo que el seguía sufriendo el acoso de los tentáculos, del tacto viscoso, de los apéndices desgarrando aquel cuerpo, atravesándolo, machacándolo.
Se encontró con el sombrío rostro del horror, de aquella pesadilla informe que le repugnaba, que temía profundamente y que embotaba sus sentidos.
Llevaba tiempo siendo agredida por aquella pesadilla sin saber por que, sin entender que al comprender que la bestia no era más que ella misma, más que el satanás que todos llevamos dentro y que acecha en los rincones su oportunidad.
Y ahora el monstruo se cernía sobre la conciencia del desdichado canalla que yacía junto a ella.

Se decidió por dejar al hombre en la cama, sus pómulos habían recuperado el rubor y sus labios dibujaban una leve sonrisa que ella observaba mientras cepillaba su pelo rubio y suave, una sonrisa olvidada que paulatinamente se hacía más y más franca, más abierta y feliz.
En la otra punta del pasillo el hombre se debatía en un horror familiar, en una oscuridad conocida para ella y la sonrisa de la mujer se hizo aún más dulce y la paz en su rostro más luminosa. Estaba saboreando cada impulso de sufrimiento en su verdugo, en su torturador.
Podía escuchar la voz del monstruo su ronca respiración mezclados con los gemidos de terror y sufrimiento de su víctima.
Conocía muy bien lo que ocurría tras los párpados del hombre, y disfrutaba interiorizando las sensaciones de su marido cuando un pie, una mano o la espalda quedaban fuera de la protección de su trinchera imaginaria, instantáneamente sentía el aliento y el contacto viscoso de la bestia que antes la acechaba desde los rincones de su alcoba y que ahora hacía presa en el maltratador.

Entonces el reaccionaba pataleando y golpeando al aire buscando zafarse del contacto, del acoso del objeto de sus horrores.
Y ella con una sonrisa, canturreaba tapando los llantos del desgraciado, se aseaba y arreglaba. Miraba aquellas marcas en su cuerpo, aquellos morados en toda su anatomía.
Pero esas marcas eran diferentes, no se borraban al despertar por la mañana y el monstruo que se las causaba tampoco desaparecía con el alba.
Desaparecerían con el tiempo como aquel ahora ridículo espantapájaros que ahora se retorcía clamando compasión mientras su hálito de vida caminaba hacia las sombras que lo engendraron para no volver nunca más.

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