ME EQUIVOCABA.


Pensaba yo que arrimándome a las paredes no ocurriría nada, que estaría a salvo de mis sentimientos traicioneros, de los pálpitos rítmicos sinconizados con mis pasos que me llevan a morir a tus pies, me equivocaba.
Tenía la absoluta certeza de que si no me asomaba a la ventana, si permanecía tras la cortina atravesando con miradas furtivas el dulce entramado de hilos no me verías aquí tras el cristal como un estúpido escribiendo tu nombre en el vaho que creo con mi aliento sobre la superficie del cristal, me equivocaba.
Supuse que de ninguna de las maneras serías capaz de leer los versos que creaba con palabras robadas y pegadas en las hojas de papel que dejaba volar libres desde mi ventana como multicolores mensajes al viento, te subestimé.
Como iba yo a saber que tu sombra se pegaba a la mía empujada por la tenue luz de tu luna cómplice, quién me iba a decir a mi que leías mis labios al escribir tu nombre en el cristal mojado, cuando pensabas decirme que enviabas a una lechuza blanca tras mis versos.
Como, quien, cuando.
Demasiadas preguntas para un tipo como yo, para mí que realmente no quiero que me des las respuestas, simplemente me las invento, las imagino y suspiro; ni siquiera deseo que me dejes buscarlas, prefiero arrancarlas de mis sueños recortarlas y pegarlas, lanzarlas al viento con la esperanza de verte volar a buscarlas.
Palabras, palabras, palabras.
Palabras peregrinas que nunca llegan a ser perfectas, palabras que dicen, que hablan y mienten, palabras que siempre se quedan cortas, al fin solo son mordazas que tapan nuestras bocas.
Palabras insuficientes para decirte lo que no se puede decir y yo perdido en las limitaciones de mi lenguaje busco el modo perfecto, la llave infalible mediante la cual, con solo mirarte a los ojos y decirte que te busco; que te veo; que te añoro, abra de par en par mi casa que es tu pecho, mi castillo que es tu cuerpo, mi cielo que es tu alma.
Empiezo a sospechar que habré de ser valiente y soltar lastre, dejar que este aire tan caliente me eleve hasta tu ventana para, a voz en grito, preguntarte, maldita sea, que necesitas para quererme.
Y si llegado el momento no me atrevo pasaré de largo rezando para que no me veas, esquivaré tu ventana y soplare para enfriar el aire que me eleva; volveré a empañar mi ventana y esperaré a ver si mañana tengo arrestos, quien sabe.
Estas líneas aparecieron escritas con una pulcra caligrafía en una libreta escondida dentro de una carpeta junto a un elevado numero de fotografías cotidianas de la víctima en las que se podían leer anotaciones con horas de paso, llegada; artículos que compraba, publicaciones que leía, etc…
El sospechoso era un hombre metódico, organizado y letal.
¿Era?.

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