SED FELICES Y DECIDLE A DIOS QUE NO ES GRACIAS A EL.


Erase una vez un personaje que era feliz, había tenido éxito en su trabajo, un ascenso; una mejora salarial; una buena valoración de su labor colmaban sus aspiraciones personales y abrían caminos hace tiempo impensables para el, más no podía expresar esa felicidad porque alguien le dijo que mostrar sentimientos pública y explícitamente era de mal gusto.
No muy lejos de allí dos niños juegan con una pelota, por fin tenemos un campeón, el rey del martes, un triunfo que culmina una serie de derrotas. Ha entrenado hasta la extenuación, ha practicado hasta alcanzar la perfección y desea saltar de alegría para festejar una victoria dura y trabajada, pero no lo hace porque alguien le dijo una y otra vez que hacerlo era una falta de respeto.
Unas semanas después una joven tras millones de horas de sueño perdidas, logra aprobar una oposición, consiguiendo el soñado trabajo, la independencia económica y por fin abre las puertas de su emancipación. No cabe en sí de gozo y desea gritar, saltar, reír, desahogar toda aquella frustración acumulada tras tantos intentos fallidos, pero esta bien educada y contiene su alegría, no es de señoritas ponerse a saltar como un energúmeno.
Historias como esta se repiten constantemente en todos los rincones del mundo.
Es como si una mano negra quisiese evitar cualquier forma de felicidad, como si aun perviviese aquel dogma que rezaba que el bien solo puede venir de Dios y de la santa madre iglesia y que cualquier otra manifestación de alegría es pecado tipificado como herejía y con una condena de muerte en hoguera.
Y muriendo la iglesia muere el dogma, pero su impronta queda, el daño está hecho y en el alma de las personas un profundo sentimiento de culpa alimentado por rescoldos de aquel miedo ancestral a una muerte cierta a manos del clero afloran con frecuencia.
El cuerpo desnudo, el sexo, el amor, una caricia; pecados prohibidos y condenados al ostracismo por los mismos que llenan de imágenes violentas las horas y las mentes de nuestros hijos, transformándolos en monstruos capaces de decapitar a sus progenitores en la cama o de suicidarse delante de sus compañeros de clase.
Pensadlo un segundo, ¿que preferiréis para vuestros hijos, que quieran besar a la reina roja o degollar a la reina blanca?.
Yo creo que lo segundo, porque somos tan estúpidos que ponemos el grito en el cielo cuando se escapa una teta y sacamos palomitas cuando mueren unos 20 extras por segundo.
Yo sinceramente prefiero que mi hija sea feliz, que lo exprese sin cortapisas porque realmente, no somos mas que la imagen que el ser que tenemos en frente proyecta en nosotros y si ese sentimiento es de felicidad, procuraré ser yo quien esté frente a ella no un ninja sanguinario con la cabeza decapitada de su enemigo en la mano.
Sed felices y y decidle a dios que no es gracias a él, que sepan vuestros seres queridos que es por su culpa y nadie se llevará ese mérito.

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