TANTAS CUESTIONES PRESENTES.


Un interrogante en la mirada, la serena palidez del amor rechazado. Una desazón despiadada que me quema el alma.
Un sentimiento de culpa bailotea en sus ojitos inocentes.
Tantas cuestiones presentes que solo su deliciosa prudencia sujeta. Se encoge de hombros y levanta las cejas, eso significa “Papi, ¿por qué?”.
Y bajo la mirada al suelo derrotado sin encontrar las palabras.

No tengo palabras para explicarle la realidad de las cosas.
No tengo explicaciones para encontrar el modo de que me perdone. Porque yo aun no puedo perdonarme.
Que disculpe en mí la ceguera que propició ese sentimiento en su corazón.
El delito tremendo de permitir verse como causa y efecto de mi ausencia.

Veo largos días de trabajo, largas tardes sin ella.

Lloro recordando lo que es llegar a un hogar que no es hogar.
Lloro cuando vuelven a mi aquellas largas horas mirando sus fotos una y otra vez.

Mientras ella tan lejos y tan cerca, busca en su memoria el rostro de su padre.
Es la destrucción más absoluta del espíritu de un hombre.

Ver en los ojos entrecerrados de su pequeña la sensación de culpa.
Como si sintiese que ella fue el detonante de tu marcha, la culpable de tus desdichas.

Y te pide perdón con sus manos sobre la tuya,
torciendo su carita buscando a papi tras esa sensación de tristeza.
Esas son siempre las respuestas de mi hija.
Esa fue siempre su respuesta a mis ausencias.

Y en su sonrisa siento el frescor de su perdón.

Como se desmorona un castillo de arena abatido por las olas,
así se disuelven las penas, los sinsabores del reencuentro.
La odiosa sensación que siento cuando he de romper el hielo con ella.

¡Qué buena es la vida que hace que una criatura tan pequeña comprenda que su padre no es perfecto, que es capaz de cometer errores terribles, y con todo su amor, perdonar.
Me autocompadezco de mi villanía.

Sudando sangre para hacer creer a la niña de mis ojos,
que todo es culpa de mi recurrente y despiadada mala suerte.
Pero es la realidad, mi maldita obsesión por encontrar una vida mejor para ella me ha abocado a darle la peor posible de las existencias.
Dejar demasiados espacios vacíos.

No estar a su lado, vender sus juegos por cuatro monedas que jamás fueron ni serán suficientes.
Y ahora, cuando mis años obscuros quedaron atrás,
cuando la tengo enfrente de mí observándome escribir estas líneas. Comprendo aquella sensación, el desarraigo.
Me regala el don de permitirme sentir su inusitado empeño por añorarme,
el inmenso privilegio de ser amado pese a todo. Pienso que quizá hubiera sido más fácil si me odiase, mas jamás ha podido sentir algo así por mí.
Lo máximo, quizá un brillo de desengaño, una nostalgia impresa en su tristeza.
Aun hoy arranca lágrimas de mis ojos agotados al recordarlo.

Y aquí estoy una vez más cometiendo un error cruel.

Recordando los momentos más amargos de nuestra vida.

Buscando de nuevo el modo de redimirme.

Pero entonces me sonríe y se me pasa todo.

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