NOS VEMOS VIEJO AMIGO.


Es curioso como la vida te va entregando sus lecciones gota a gota, como si supiese que existen momentos apropiados para recibir unas lecciones concretas.
Hoy nos ha dejado Joe, el silencioso y tranquilo Joe.
Su agonía duraba demasiado, en una semana sus órganos comenzaron a fallar y físicamente la enfermedad le consumía el vigor del cuerpo y el brillo de su mirada.
El grandote, el abusón, postrado y paralizado sin fuerzas ya en sus patas traseras.
Lo cierto es que a penas tenía las justas energías para soportar un momento más aquel sufrimiento.
Lo intentamos, tratamos de recomponer lo que no tenía solución, tratamos de sanar una enfermedad sin cura; la vejez.
Ese maldito veneno para el que aún no tenemos antídoto.
Nos lanzamos a una lucha despiadada por tenerlo unos segundos más con nosotros.
Pero nada, el destino implacable decidió que Joe debía descansar ya, la muerte lo reclamaba y quería poner fin a su dolor.
Recuerdo la ultima vez que lo vi, me pareció el ser más maravilloso del mundo, el allí callado aun trataba de mantener ordenada y unida la manada, a salvo de fieras y de peligros.
Y silencioso como siempre aparecía entre las sombras con una sola suplica en su mirada: “No me dejéis solo, no os molestaré, me tumbaré aquí y ni os enteraréis de que estoy”.
Se le veía desesperadamente necesitado de compañía y era lo único que buscaba, un rincón discreto en el que nadie se molestase por su presencia invisible, silenciosa.
El viejo Joe se conformaba con disfrutar observándonos allí orgulloso de su familia, y dejarse ir, dormitar y sentirnos a nosotros allí contemplándole, firmes a su lado.
Cómo no Joe, es un precio ínfimo a cambio de tu vida fiel.
Concedido amigo Joe, “ven y túmbate junto al fuego”, descansa.
Deseo con todas mis fuerzas pensar que llegó a entenderlo, quizá este nudo en mi garganta signifique que sí, que lo entendió, ojalá.
Y ciertamente al escuchar nuestras voces, al sentir la vida bullir a su alrededor, tenía paz y se dejaba morir un poco menos solo, acompañado de su familia, como debe ser.
Hoy nos ha dejado, nunca volverá a su rinconcito junto al fuego, bajo la mesa, al calor de su manada, del rebaño que tan bien ha sabido cuidar, le vamos a echar de menos.
Esa es su preocupación, se pregunta si sabremos estar sin el y ciertamente, la casa se hace muy grande sin el viejo Joe, sin el sereno Joe.
Y ahí está su lección maestra, la lección más bella recibida desde el corazón de un ser hermoso.
La de las cosas que importan, las de la compañía de los seres amados, de la familia.
Comprender que es bueno perder unos minutos de sueño por escuchar una risa amiga, sentir el tacto de una caricia, el dulce calor del alma, mucho más acogedor que ningún fuego.
Hasta la vista Joe, cuida nuestra casa en el cielo, que nadie ocupe nuestro lugar a tu alrededor.
Guau.

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