SOÑAR, MORIR


Crecer es hermoso, es un estado bello, porque durante el duro proceso de adultecernos disfrutamos de un mecanismo que cuida de nuestra esperanza, que detecta nuestra fragilidad y nos tranquiliza constantemente.
Es como una certeza residente en nuestro cerebro, datos residuales que permanecen latentes hasta que resultan necesarios.

Actúan sobre todo cuando las secuelas que dejan en nosotros los fracasos se hacen demasiado profundas, nos consuela diciendo “no importa, aun hay tiempo, estás creciendo y puedes cambiarlo”.

Y con esa gran verdad como estandarte nos disponemos a abordar los intrincados caminos de la vida pletóricos de fuerza e ilusión, como auténticos kamikazes, como suicidas que no valoran el alcance de sus actos.

Conocemos el sexo, la ciencia, el arte, la religión, la política. Nos encontramos con nuestras convicciones y las asumimos, porque si erramos en la elección de nuestras guerras, aun tendremos tiempo de cambiar el rumbo, no hay problema.

Y es que a esa edad, el destino está claro, sexo, popularidad, encajar en el entorno…

Los años pasan y vamos perfilando al adulto en el que un día nos convertiremos, empezaremos a odiar y a amar con cualquier excusa, estableceremos nuestros juicios de valor y trataremos de encontrar espacios vacíos en los que refugiarnos, desencajarnos de esa gigantesca máquina picadora de carne que es nuestra cacareada sociedad hasta que al final, un aciago día nos damos cuenta de que el tiempo no era infinito, que así de pronto se terminó el juego.
En el ecuador de la vida, esa voz se hace cada día más ahogada, uno se ve obligado a pagar el tributo asumido por el hombre que ha llegado a ser y se enfrenta casi a diario con el saborcillo amargo del desengaño.
Es encontrarse luchando con el sinsabor del tiempo desperdiciado, dándose cuenta de todos y cada uno de los instantes perdidos,
de la oportunidades malogradas y mirándose al espejo comprender que ese tipo que se refleja ante nosotros es la cruz con la que habremos de cargar en nuestro vía crucis. Nunca estarás mejor que hoy, nunca disfrutarás de la vida más que hoy, nunca caminarás más rápido que hoy, desde este momento, hasta el final es como si ya solo nos moviese la inercia, esa fuerza que sin empujar nos mueve y nos lleva hasta que algo definitivamente nos detenga.
Lo peor de todo esto, es darse cuenta de que lo mejor de tu vida, nunca ha existido, que solamente ocurrió en tus sueños.

Cuando esto ocurre, sin darte cuenta, preparas tu alma para la muerte.
Soñar, morir, ¿dónde está la diferencia?.

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