ROMPER LA BARAJA


Tras mucho tiempo maldiciendo a los antisociales, a los tramposos que rompen las reglas del juego a su antojo y en su beneficio.
Los que se aprovechan de las debilidades del resto o de sus propias fuerzas para saltarse el protocolo e imponer su beneficio al resto.
Y te desesperas soportando sus abusos, y te amargas consumido por la impotencia, pero no hay nada que hacer.

Luchar solo contra estos monstruos es como parar una excavadora con huesos de aceituna.

¿Y por qué luchar solos?.
Hay una valoración muy simple que por nuestra naturaleza cobarde obviamos y es que el tramposo rompe las reglas, pero al menos, aunque sea a su modo, entra en el juego; participa y es parte activa del destino del resto.

Y sí, se les puede y debe culpar y castigar por sus actos incívicos, han de pagar el precio de su desprecio; pero con un matiz:

“Ellos al menos han jugado”.

¿Qué hemos de hacer con los que por omisión cometen el delito de abandonar a su gente, a su pueblo o país a su suerte?.

¿Cómo hacer pagar a los que caen en la desidia su dejadez?.

La clase política, obviamente no se pronunciará jamás sobre este problema.
De hecho esta apatía cada vez más generalizada es la que les espesa el caldo, es la base de su perdurabilidad en el timón de nuestras vidas.
A fin de cuentas, cuando mami nos pone en este mundo tan entretenido, sin darse cuenta nos mete en un juego en el que los tramposos no son más que uno de los equipos que juegan la partida, aunque sea a su modo.

Los malos de la película, los que de verdad perjudican al resto de los mortales son los indolentes, los que rompen la baraja, los que saltan turnos y no participan.

Personas lamentables que encuentran mil argumentos filosóficos para justificar su dejadez, para convencernos de que su postura es la correcta dadas las circunstancias, sean estas las que sean.

Lo que hemos de tener presente; lo sabemos, pero solemos olvidarlo, es que las cosas bien hechas no precisan de justificación, no dejan espacio a la duda, un acto bien llevado a término se define en si mismo como una buena obra.

Todo lo demás pasa al ámbito de los sueños donde solo unos pocos actos se evaden y pasan al plano de lo material dejando atrás al resto de espejismos disimulados entre ronquidos, codazos y patadas.

Quizá nos atenace el miedo al fracaso, al desengaño, esa sensación de autoinmolación que nos infringe nuestra mente cuando nos hacen sentir estúpidos, el desencanto que a menudo es demoledor.

Pero aún así, es necesario volver a sentarse en la mesa de juego, entrar tantas veces como sea necesario en la partida, porque quizá en la próxima mano hagamos saltar la banca y echemos al croupier.

Pensad que en esta vida revuelta, peor que el fracaso, es la cobardía de no haber intentado nada.

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