AFGANISTÁN Y SU MALDICIÓN.


Quiero tratar este asunto con la debida distancia, entiendo que a veces abogar por las propias convicciones humanas choca con otras ideas propias de otra naturaleza.
Se crean dolorosos conflictos en los que tu personalidad se divide en dos mundos antagonistas ambos con razón de ser.
Y si pensáis que defender mis convicciones no me produce un cierto desgarro, podéis jurar que estáis equivocados de parte a parte.
Es por esto que cuando en los medios de comunicación se hacen eco de lo que el imperialismo ordena y manda repetir, pienso en un tirano, o en un asesino, pienso en un país oprimido por sus propios dirigentes, por su fe, por sus costumbres, por enemigos extranjeros una y otra vez desde uno y otro lado del muro del frío.

No puedo evitar el escalofrío que sentí cuando vi dos aviones de pasajeros lanzarse contra las Torres gemelas, es una imagen aterradora que a nuestras generaciones nos costará olvidar.

Pero lo cierto es que es algo más que eso, es la imagen de la desesperación, del animal acorralado, de la fiera que se sabe perdida y lanza dentelladas a diestro y siniestro ya ciega de muerte.

Y yo me hago la siguiente reflexión.

¿Que sintió aquella gente al ver venir los aviones, al saber que iban a morir?.

Quizá alguno se parase a pensar que su propia nación lleva lustros haciéndole eso mismo a los que pilotaban el avión, quizá se den cuenta que la brutal acción afgana vino causada por el dolor de años y años de ver caer bombas enviadas desde el pentágono sobre sus casas, sobre sus familias, sobre sus medios de vida.

Toneladas y toneladas de bombas rusas primero y americanas después.

Año tras año bombas, bombas y más bombas.

¿Eso es pacificar un país hostil?.

Entonces estos últimos días me encuentro con la pieza del puzzle que hace que todo encaje.

Ya decía yo que tanta muerte por un trozo miserable de desierto, por cuatro cabras que pueden proliferar allí no era cosa de la casualidad.

Ahora a este país, Afganistán, le ha ocurrido lo peor que le podía ocurrir; que los Norteamericanos encuentren algo que llevarse, algo que haga rentable una nueva masacre.

Gigantescos yacimientos de minerales como cobre; hierro; litio, etc.
Son la punta de lanza de una larga lista de recursos naturales que han suscitado el vivo interés de los lobbys yankis del expolio, de China, Rusia, etc.

Pronto verán en Afganistán triplicarse, quintuplicarse el contingente de tropas extranjeras en su territorio, transformados en mercenarios al servicio de las multinacionales que acudirán como moscas a la miel a llevarse, sin pagar, toda esa riqueza.

Aseguran que conforme avanzaba el estudio se fueron “actualizando” las leyes para evitar que la corrupción de las empresas extranjeras y aseguran que se ha comenzado “la formación de geólogos afganos”.

Ya se ha organizado una gran subasta para lograr que las grandes multinacionales se impliquen en la explotación de los yacimientos.

Aquí la palabra “impliquen” tiene un significado más parecido a “paguen parte del despliegue de tropas” que a otra cosa.

Los afganos de a pie, los que mueren y los que se ven obligados a lanzar un avión contra un edificio no se hacen demasiadas ilusiones, están acostumbrados a oír hablar de cifras multimillonarias en los informativos que nunca llegan a las calles.

Para ellos solo queda opio y plomo caliente.

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