DIGNOS DE BENDECIR.


Las manos de aquel hombre colocaron las piedras, una sobre otra, hasta convertir todo aquel escombro en hogar.
También roturaron, trituraron y oxigenaron aquellos yermos parajes hasta convertirlos en el pan de sus días.
No dudaron en acariciar y someter a
las bestias e hicieron de ellas miel, leche y fuerza para trabajar más y mejor.
El hombre escogió aquel paraje inhóspito porque le hacía sentirse seguro, lejos de la codicia, del odio del resto del mundo.
No temía a la madre naturaleza pues el sabía leer sus señales, el sabía contener las fuerzas que llevaban a los hombres de su tiempo a arrasar cosechas, a quemar los campos y a regar con sangre campos estériles, el sabía someterse humilde a los designios de la madre sin maldecir su suerte.

No necesitaba agradecer los bienes, pues cada árbol era tratado con el debido respeto, cada planta daba lo necesario y el no se inmiscuía en el devenir de sus destinos,
el simplemente observaba y tomaba cuanto precisaba.
Nunca un fruto de más, nunca tomaba una vida innecesaria.

Un día, con esas mismas manos, tomaba ramas muertas del suelo para calentar su casa y a lo lejos vió un ser extraño, era como el, pero diferente.

Un halo de misterio envolvía a aquella persona que del mismo modo exquisito tomaba solo unos pocos frutos maduros de los arbustos dejando los verdes,
los pequeños y los que no podría comerse inmediatamente.
La madre naturaleza, como si pensase que ambos podían escucharla, hablaba consigo misma mientras observaba admirada a aquel buen hombre y a aquella buena mujer, se dijo a sí misma cuan feliz sería si se uniesen.
Habían demostrado ser las personas que necesita este mundo.

Sentían amor por los árboles, por los pastos y por las bestias.

Trabajaban con tus manos sin utilizar máquinas terribles como hicieron sus hermanos, respetaban la vida que le rodeaba y demostraron ser dignos de bendecir el mundo con sus hijos.

Y dispuso todo para llamarlos a su lado.
Con un leve cambio de viento propició que ambas miradas se encontrasen, que se mirasen.
No buscaba más que ayudarles a encender sus corazones.
Y lo consiguió, el se acercó a la mujer y, alentado por el impulso de la naturaleza, con cierta timidez habló con ella.
_Hola mujer_.
_Hola hombre_.

_¿Nos enamoramos?_.

_Ni loca_.
_¿Sexo?_.
_Ni de coña_.

_Adiós mujer_.
_Adiós hombre, por cierto se lo voy a decir a mi novio y te va a arrancar la cabeza por idiota_.

_Maldita primavera, malditas flores, maldita brisa… mañana con estas manos le pego fuego a todo y al carajo, madre naturaleza, madre naturaleza, todo al carajo y encima he pisado una boñiga_.
La madre naturaleza miraba al cielo mientras rezando murmuraba…
_Un diluvio ahora ¿qué tal?_.

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