LA HUCHA DEL MANOLAZO.


Desde este diminuto rincón del mundo virtual quiero denunciar una de las mayores injusticias de nuestra sociedad moderna.
Siempre empeñados en vender lo higiénicamente tradicional, lo más bonito y entrañable de nuestra cultura.

Imágenes asombrosas de simpar belleza, monumentos, toreros y trajes de lunares, lo que sea para mantener aquellos toros en pie a los lados de las carreteras.

Pero ¿que es de las cosas realmente representativas de nuestra cotidianidad?, ¿es que si no se puede hacer un llavero no merece la pena?.

Pues me niego a que me relacionen con cosas que no tienen nada que ver con nosotros, o al menos con el que suscribe.

Porque por mucho que quieran dárselas de país cosmopolita,
España es un chiringuito en el que ellos están dando una imagen falsa de nuestro pueblo.
No somos lo que dicen que somos, no somos snobs, aunque alguno hay; ni pijos, aunque de vez en cuando aparece uno; ni cultos, aunque tenemos un par de lumbreras.

Lo que si somos se resume en una imagen, un instante que condensa millones de años de evolución, una mescolanza de razas y etnias que uniendo sus códigos genéticos han engendrado lo que hoy se conoce como…
MANOLAZO.
Este ser, es el tipo que trabaja mientras los demás miran, es el elemento que muestra la raja del culo al mundo con toda su exuberancia pilosa; es el tipo que se rasca por dentro del pantalón y después se huele la mano, es el tipo que piensa que los libros pueden ser bombas camufladas por los rojos.

Los foráneos no pueden comprender la idiosincrasia del Manolazo, su intrincado ritual cervecero, ni las razones que le llevan a utilizar esos verdosillos, antes blancos,
calzoncillos de algodón cedidos.
A los que por cosas del destino nos ha tocado vivir fuera de España, el solo hecho de ver una obra en esos países del norte, tan vacía, tan pulcra, tan eficiente nos despierta la nostalgia y recordar a nuestro mito sexual obrero hace que se nos salten unos lagrimones como puños.
Y es que para alguien venido de allende los mares no es fácil entender la estética de la cadenaza de oro y el pecho lobo, mucho menos el de mostrar en plena calle el camino que lleva desde el matojo dorso-lumbar a la negrura gluteo-inguinal.

Pero han de reconocer que acaparan más atención que un evento sociocultural, ¿o nos van a intentar engañar diciendo que en este país tiene más público el Museo del Prado que una obra civil en plena calle?.

¿Y a que debemos esa explosión de cultura patria?, pues está claro, se debe a la hucha del manolazo que colocando adoquines en la calle principal marca territorio y estilazo con prestancia y presencia.
Autobuses de japoneses paran y uno a uno en perfecto orden los japos se hacen fotografías junto al canalón del hombretón.
Alguno incluso se atreve a dejar un recuerdo del tipo “aquí estuvo Maru Jito 2010”.

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