CARTA DE UNA ESTATUA VIVIENTE A UN PEATON ESTÚPIDO.


Un día cualquiera un señor de edad avanzada camina por una amplia alameda, es la calle más luminosa y cuidada de su ciudad.
A los lados los plataneros se suceden en hileras perfectamente medidas y ubicadas.

La sombra, el aire, el sol, todo es perfecto.
Pero ante sus ojos una imagen rompe según su criterio la armonía.

Una estatua a tamaño normal hace una reverencia, sonríe y vuelve a su posición inicial al escuchar el musical tintineo de una moneda.

El anciano caballero indignado arremete contra la estatua que no cambia su gesto, ni un solo músculo se mueve como respuesta a una retahíla de insultos en los que incluso cabe acordarse de la familia e hijos del silencioso y estoico hombre estatua.
Comprendiendo lo inútil de su sarta de sandeces se retiró derrotado por la absoluta pasividad del artista sintiéndose imbuido de ridiculez.
Al día siguiente en la peana, el anciano no encontró la estatua viviente sino un sobre blanco.

No pudo resistir a su curiosidad y se acercó a la peana; en el sobre ponía “Sr. Estúpido”.
Inmediatamente supo que era para el.
Ponía:

Dime estúpido peatón, incapaz de entender nada de nada como es que si no comprendes lo que hago, tengas la tendencia a ridiculizarnos con comentarios absolutamente fuera de contexto a las personas que tan solo buscamos medios de expresión,
formas de encontrarnos con el arte.
Hemos de soportar esas bromas, escuchar esas risas que duelen tanto, son tan amargas que tratamos de cargar de sobreentendidos incomprensibles la amargura de pasar días sin encontrar una sola persona capaz de ver lo que tiene delante.

Y lo hacemos buscando la complicidad a nuestro alrededor, tratando de elegir un intérprete con historia, un personaje con profundidad y a una escena con emoción para escenificarlo y recrearlo para todos los que pasáis a mi lado tomándome por un mendigo, sin daros cuenta de que con cada pose, con cada ademán, os regalo un enorme pedazo de mi alma, y eso señor insultador, sin compromiso de compra.
Cuando empezaron a verse por el boulevard de La Rambla de Barcelona mis predecesores, seguro que más de un transeunte pensó que era otro método buscavidas de gente con pocas ganas de trabajar.
¡Cuán equivocados estáis!, cuantas horas puliendo el concepto, matizando la catacterización, buscando el suspiro perfecto para vosotros y el modo de ser perfecto durante un segundo eternizado.
Y cuando das con ello, cuando te subes a la peana, uno siente que es un regalo del cielo, un don que a unos pocos electos les había sido concedido en forma del trabajo perfecto, la labor de estarse tan quieto como sea posible.

Esta es una expresión artística dificilísima y es por eso que no le guardo rencor, tómese esta misiva como un consejo de amigo con el que pretendo que descubra usted que para pasar horas aquí de pié delante de desertores del arado como usted, además de una autodisciplina férrea, se implican profundos conocimientos sobre maquillaje, body-art, performance y una especial sensibilidad para dar a un personaje alma con un solo gesto.

No se trata de poner a una persona sobre un pedestal, no nos limitamos a imitar a una estatua, emparentados con la mímica y la pantomima, quizá con un poco de cada ingrediente en nuestro cuerpo las estatuas vivientes cincelamos nuestro gesto para decirle al mundo todo lo que esa secuencia ha hecho por nosotros a lo largo de la vida.

Y si señor energúmeno, las estatuas proliferamos como moscas; unas con más acierto o ventura que otras, pero de verdad os animo a que las observéis detenidamente, buscad al personaje, buscad a actor y buscad la línea que al mismo tiempo separa y une ambos espíritus.

Os garantizo que puede llegar a ser una experiencia inquietante.
Bueno eso para mentes amplias no para seniles amasijos de carne semovientes.
Reciba mi más cordial saludo.

PD.:
Si desea continuar con esta conversación, estaré encantado de invitarle a un café, estoy a su espalda en la puerta del café bar, soy el angelote rampante junto al escaparate.

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4 comentarios sobre “CARTA DE UNA ESTATUA VIVIENTE A UN PEATON ESTÚPIDO.

  1. Simplemente me encantó. Este corto relato con tanto significado y valor valdría para abrir los ojos a un imbécil tal como el señor de la historia, para saber observar lo que es bello y lo que de verdad tiene arte. Como esto. OLE

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