AMORES CORRESPONDIDOS, AMORES LLORADOS.


A vosotros que tenéis una pareja o dos o diez, incluso a los que tienen un amor en cada puerto; si amáis de verdad sabréis de lo que hablo.
Decidme si en alguna ocasión os habéis descubierto a vosotros mismos durante el proceso físico de amar a vuestra pareja.

Salir de vuestros cuerpos y observaros desde fuera, ser testigos mudos de como miráis su cara, de como devolvéis la sonrisa de una foto, escuchar de vuestra propia voz como os despedís del teléfono una vez habéis colgado…

Mucho se ha hablado, debatido, creído, pensado sobre el primero y más importante de los impulsos anímicos del hombre, del amor, pero mucho me temo que toda la literatura sobre este sentimiento, tantos poemas,
renglones prosaicos, incluso psicoanalíticos realizados sobre el y sobre los que lo disfrutan o padecen, se quedan cortos al tratar de explicar lo que se puede llegar a condensar en un momento así.
Y esto suscita unos debates existenciales complejos por su simplicidad.

¿Es mejor amar o ser amado?.
¿Es mejor amar y no ser correspondido o que te amen y no corresponder?.

Poneos en la situación de ese amor desgarrador en el que ella ni sabe que existes, ese vacío haciendo implosionar tu pecho una y otra vez con la malvada asiduidad de la inconsciencia.

O al contrario, imagináos ese sentimiento incondicional de ella hacia ti y tu sentir el goce furtivo de ese amor recibido sin dar nada a cambio, el dolor sentido por el dolor infringido, el amor es furtivo y como tal robado.

En mi caso, doy gracias al cielo, es un amor correspondido, se y siento como me ama y hago todo lo que está a mi alcance porque ella tenga esa misma certeza.

En este caso, creo que me produce mucho más placer lo que siento yo por ella que lo que pueda sentir ella por mi; me llena por completo y me hace sentir un tipo realmente grande.

Y no es que me de lo mismo, nada más lejos de la realidad, pero amar es sentirse completo, buscarla constantemente en todos los pequeños “grandes actos” del día, permanecer siempre a la distancia perfecta, sin los agobios de la cercanía excesiva o la omnipresencia pero sin caer en la ausencia.

Un suceso fortuito de cualquier importancia se transforma en una fiesta solo de pensar en contárselo y te mueve a acelerar el paso, pones la sonrisa de antemano y a tu alrededor se crea una especie de cortina antimangantes,
solo penetrable por personas con las que seguro podrías entablar una conversación en cualquier momento que duraría todo el trayecto.
Claro que quizá sea porque se que ese sentimiento en mi interior es correspondido y que al experimentarlo puedo ponerme en su piel y saber que ella, a veces, está pasando por este mismo y delicioso trance y que es gracias a mi.

Es posible, porque también es cierto que percibimos lo que nos es devuelto, notamos quien y como nos quiere aunque, por pudor, lo neguemos, aunque nos avergüence decirlo tanto como nos joroba reconocerlo.

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