QUINCE MINUTOS DE LOCURA.


¿Qué podemos hacer durante quince minutos de locura?.

Uno solo seguramente nada, a no ser que agriar una mañana estupenda se pueda calificar como “algo productivo”.
Pero si lo cuentas a un buen amigo, ya sois dos y podréis convencer a un tercero; ya sabéis que siempre hay alguien dispuesto a compartir rabia.
Aún sois pocos, tres ya es más de los que había al principio, pero insuficientes; bueno, quizá si cada uno buscase a un amigo más y le contase sus desavenencias con la vida seguro que entonces se juntarían seis.
Bueno, seis ya es un número curioso, si vas a comprar coche seis amigos a la vez seguro que conseguís un precio estupendo, ¿a qué vendedor le importa perder un poco del beneficio puntual de cada coche si con ello asegura seis ventas en una tarde?, a esto se le llama tomar fuerza, convertir tu solitaria opción ridícula de obtener un buen precio a ser un objeto de deseo a un mejor precio todavía.
Pero sigamos:
Estos seis individuos no quieren un coche, quieren una vida mejor y para eso deciden que formando una asociación lo más grande posible, obtendrán la fuerza suficiente para realizar tales cambios.
Estos seis individuos convencen a otras seis personas y se unen para celebrarlo, durante las copas comentan alegres sobre las cosas que podrían hacer si en vez de solo doce fuesen más, un hombre pasa al lado y no puede evitar escuchar lo que dicen,

y una mujer, una joven, una pareja; pronto se enciende un debate en el que salen facciones, desacuerdos, puntos de vista, etc…
En este punto es donde las iniciativas mueren, aquí, en el ego, en la rigidez mental es donde la obcecación obvia los puntos en común por el banal ansia de imponer nuestro criterio.
Imaginad que de pronto todo el mundo se calla y durante quince minutos de locura los contrarios se unen contra terceros, los terceros a los cuartos y de pronto se dan cuenta, los unos y los otros, que en esos pocos instantes las diferencias desaparecen.
Las facciones dejan paso a niños jugando en el parque; las militancias se postran ante un matrimonio anciano paseando juntos por una alameda; los ideales han de plegar ante las inmensas ganas de una vida mejor que todos, absolutamente todos tenemos y que hoy no podemos tener porque unos pocos, muy pocos, infinitamente menos que todos nosotros se niegan a devolvernos.
Durante esos quince minutos de locura ellos tienen miedo, pavor; sobre todo les aterra el hecho de que entre las risas, aquellos a los que pagaban por matar en su nombre empiezan a difuminar su voz entre la de su gente y asienten, lo hacen porque son padres como nosotros e hijos también.
Asienten porque quieren ver a sus hijos corriendo con los nuestros en el parque y a sus padres disfrutando de un paseo en la alameda,

como nosotros.
Al día siguiente en la ciudad faltan barandillas para los jubilados que ven como el ayuntamiento ha ordenado arrancar los árboles de la alameda por la que paseaban y ha convertido el parque en el que jugaban los niños en un gigantesco agujero para hacer aparcamientos.
Los abuelos se preguntan qué hicieron mal para que sus hijos albergasen tanto frío en su alma; los niños simplemente lloran.
Si en este momento acontecen otros quince minutos de locura, el mundo jamás volverá a ser el mismo.
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