GUSANOS DE LA PAZ.


Esta es la historia de una fosa común:

Un día cualquiera de cualquier posguerra cualquiera un grupo de patriotas delata a un vecino disidente.

Las autoridades envían a una comitiva de dos ó tres hombres uniformados, dirigidos por uno o varios elementos de impecable traje y corbata.
Interrogan al individuo y si bien no ven un solo indicio de peligro, deciden que estos disidentes son unos cabrones que saben disimular muy bien, así que lo más apropiado será subirlo al camión y llevarlo al cuartel para interrogarlo “en condiciones”.
En el camión van unos 10 ó 12 denunciados más.
Sus caras son el reflejo del terror, en el silencio sobran las palabras; todos tienen un “no lo comprendo”, un “estoy jodido”, “¿qué sera ahora de mi familia?”.
Desde la acera un grupo de patriotas observa como sus vecinos son llevados presos, sonríen, piensan en las propiedades que se van a repartir, en los terrenos que se van a dividir,
en las casas que se van a venir abajo derribadas por la bajeza humana, con sus propias piedras construirán los nuevos límites de sus terruños, sí, definitivamente sonríen.
Dentro del camión las miradas vacías delatan la realidad, no hay esperanza, se saben muertos y solo esperan que el camión se detenga, mientras tanto aprietan los ojos para no dejar una sola lágrima, para no dar a sus verdugos el placer de verlos llorar.
Adiós amor mío, susurra uno; adiós amada, otro; los demás ni articular palabra pueden.

Llega el momento y el camión detiene su traqueteo; los reclusos se miran entre ellos, la muerte forja camaraderías de por vida, aunque esta dure unos segundos es férrea.
Los presos salen en fila india, perfectamente sincronizados llenan sus pulmones de aire fresco.
El monte también se despide de ellos, huele a hierbabuena, a espliego, a hierba tierna, a tierra mojada.
Doce presos, tres soldados armados y dos funcionarios del gobierno.
Hay errores que nunca deben cometerse cuando se es un asesino sin entrañas, pero el más importante es ignorar las leyes de la aritmética disparando tres fusiles al mismo tiempo, teniendo que recargarlos a la vez, quedando desvalidos durante unos pocos segundos.
La ley de la relatividad es cruel y despiadada, lo que para unos, los que están tras el fusil es unos pocos segundos, un tris despreciable de tiempo; para los que están delante del fusil es el resto de su vida.
Tres muertos en el suelo, tres muertos más en unos segundos; los demás, si tienen suerte alcanzarán a los soldados antes de que puedan recargar el arma.
La desesperación transforma los fuertes brazos de los humildes en mazas letales que rompen caras, bocas, dedos, brazos.
La bacanal de sangre, como todo en lo que interviene el diablo, se ha cobrado doce vidas y ha perdonado a cinco hombres, a cinco personas que unos minutos antes se preguntaban por su futuro, por el porvenir de su esposa, de sus hijos y rugen mirando a sus compañeros muertos.
Deciden que esa noche correrá más sangre, mucha más sangre y ellos no cometerán errores.
Los delatores, sus familias, hijos, esposas, hermanos, amigos; absolutamente todos mueren y son amontonados en el centro de la plaza del pueblo.
Es un mensaje para navegantes, no solo los que ganan las guerras son unos locos sanguinarios, la única diferencia es que los que las pierden son menos, están peor armados y tienen más hambre,

sino…
Unas semanas después una caravana militar discurre por el lugar, de modo accidental descubren la escena dantesca, el general se pregunta quién es quién entre aquellos amasijos de huesos; la respuesta es simple.
Todos son la misma persona, todos son iguales, los esqueletos no tienen ideales, los cráneos no son rojos ni fascistas y las cuencas de los ojos solo sirven para alimentar gusanos blancos, gusanos de la paz.
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