VER LA VIDA.


A menudo me resulta muy difícil comprender el mundo de los hombres, el ecosistema este tan cerrado en el que nos estamos condenando a vivir.

Un entorno concebido para una existencia simple, sencilla, feliz y que cada día se ve más sobrepasado

por una colonia tendente a la complicación destructiva de todo lo que entra en contacto con ella.
Mientras encuentro una forma diferente de ver la vida en cada amanecer, algo a lo que agarrarme para poder desmarcarme de la debacle; sueño con un mundo joven que no desperdicia el tiempo llorando sus pérdidas, una sociedad justa y activa que se retroalimenta que se regula a sí misma y que no precisa de esfuerzos organizativos opresivos.

Me imagino un mundo que siente que aquellas vidas regaladas que descansan en su seno y en las que no hay sitio para pérdidas, no le pertenecen a él ni a nadie, que no son sino premios merecidos que hemos de tomar con avidez, con voracidad y sin reservas.
La vida está para vivirla, no para pedir perdón, sentirse culpable sin pecados ni delincuente sin delitos.
Tu vida no te pertenece, mi vida no me pertenece y qué decir de las vidas de nuestros semejantes,
obviamente no son más que rescoldos de la hoguera en la que todos ardemos y si somos listos dejaremos de instalarnos en el dolor y disfrutaremos de su calor, de su luz.

Empecé a buscar un camino franco, un modo de llegar a ese estado y además de poder invitaros a todos vosotros a su disfrute, porque se que si lo encuentro y no lo comparto, habré fracasado estrepitosamente, y es que las maravillas si no son compartidas, no existen, es en el diálogo, en la conversación entre dos personas donde las cosas adquieren sus diferentes categorías.
Me he dado cuenta de que erraba en mi búsqueda de la verdad, de mi verdad, pues una vez comprobé que la humanidad no me ofrecía las respuestas que buscaba, me puse en marcha, seguí mil caminos, unos concurridos, otros oscuros y ocultos, pero todos, absolutamente todos, me llevaban a lugares en los que ya había estado antes otras personas, así que nunca encontraba nada de lo que buscaba, nada nuevo bajo el sol.
Pero las pequeñas alegrías que la búsqueda me daba terminaron por subyugarme más, por enamorarme más que la plena felicidad que tanto anhelaba encontrar.

Así me entregué a un impás en el que vivía con vertiginosa inmediatez, solo existía el hoy, el ahora, el ¡ya!; y todos los nudos con los que amarraba mi alma a este mundo saltaron por los aires.
Conceptos de propiedad, protocolo, educación, tradición, historia se me revelaron abominables, cadenas infernales que hacen de nuestras vidas unos limbos individualizados, confeccionados a medida.
De pronto el qué dirán me importó un pimiento, la prudencia, el temor dejaron de existir y todo resultó más fácil.
Mucho más fácil.
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