INERCIA ESTÚPIDA.


He observado que los seres humanos tenemos el defecto o la facultad, llamémoslo como se quiera, de no saber parar.

Nos podemos pasar siglos reivindicando una cosa; día tras día con la matraca en todas partes; asfixiando amistades, agriando cenas, reventando fiestas, todo eso sin descanso.
Pero lo malo no es eso, no es la protesta, no es la razón o no de esa protesta; sino el hecho de que un día a alguien le de por pensar que el tipo ese y sus amigos tienen razón.
Por ejemplo los antitaurinos:
Años luchando, a mi modo de ver con razón, hasta conseguir que se prohiban las corridas de toros, al menos en Catalunya.
Y ya está, perfecto, genial, es un primer paso para la extinción del toro de lidia, pero un gran paso para la autoestima de la humanidad.
El siguiente paso es extender el cese de la “fiesta”, que le pregunten al toro lo de fiesta” al resto del estado español.
Y si se logra, entenderé que es una victoria luchada y merecida, la aplaudiré porque es anacrónica y bárbara.
Lo que no llevo bien son esos comportamientos en los que algún personajillo demuestra que los que luchan por estas causas mienten, que no son más que una panda de vividores que se ponen el traje de supermangante y que mientras dicen luchar contra la barbarie humana, encuentran divertido mostrar carteles con toros empitonando, desangrando, degollando, etc… personas.
Uno se da cuenta de que esos no aman a los animales, sino que odian a los hombres, que no es lo mismo y que con esos exabruptos restan relevancia a su propia reivindicación.
La violencia no es ni medio, ni motivo, ni inspiración jamás, en ninguna de sus modalidades, ni física, ni escrita, ni verbal, ni gráfica, ninguna.
Se pongan como se pongan, no me creo que alguien condene la muerte de un toro y encuentre divertida la de un hombre.
Es como una especie de “inercia estúpida” que seguimos cuando rompemos una barrera, la misma que llevaba a los que celebraban la aprobación por ley del fin de las corridas de toros en Catalunya a sacar pecho y a subir cien peldaños la altura de su listón, pidiendo el fin de la ingesta de carne.
Señores, para todo hay un límite.
Decir que una corrida de toros es una barbaridad es cierto; pedir que prohiban la muerte de animales para alimentación es una imbecilidad tan grande que da primero vergüenza ajena y segundo miedo, porque como los políticos que tenemos hagan recuento de votos y les salgan las cuentas, lo mismo terminamos con la especie humana pastando los montes y ramoneando como cabras.

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