UNA DE FÚTBOL.


No suelo hablar de fútbol en este espacio, creo que es un asunto demasiado presente en la cotidianidad humana como para darle espacio en estos remansos de independencia.
Pero estamos asistiendo impertérritos a como este deporte-espectáculo, cada vez más a menudo, “exporta” a la vida detalles, comportamientos que encierran en sí mismos un peligroso precedente.
Un “modus operandi” que penetra las blandas seseras de nuestros preadolescentes y que al final aflorará cuando uno menos se lo espere.
Me refiero a las jugadas violentas, a esas entradas en las que los jugadores emplean una agresividad excesiva, un ímpetu que raya y en más de una ocasión sobrepasa la línea que separa el deporte de la violencia gratuita.
Y he ahí la palabra mágica: “gratuita”.
Que un jugador que agrede a otro rompiéndole un tobillo sea sancionado con dos o tres partidos, mientras el agredido tenga que estar postrado dos meses, llegando en ocasiones a finiquitar la carrera de la víctima, establece un desequilibrio educacional nefasto, un sentido de la injusticia que invita a valorar seriamente a los equipos de fútbol utilizar estrategias del tipo:
1) _Equipo A paga a jugador de equipo B para que “rompa” a estrella de equipo C.
2) _Equipo A y equipo B han agotado sus cambios; equipo A decide cambiar uno de sus “peones blancos” por el “rey de negras”.

Y es que sale tan barato en el fútbol destrozar una rodilla, un ligamento, un hueso que no es extraño que se contraten jugadores, no por su talento, sino por su extremada dureza.
En un deporte en el que discutir una decisión arbitral está mucho más penado que una de estas acciones, la solución es cuanto menos compleja y ya si añadimos la cerrazón de sus directivos, el inmovilismo y la más absoluta insensibilidad a todo lo que no se traduzca en euros, imposible.
Hay un principio que por culpa de estas cosas hemos olvidado, el principio de “castigo”.
Castigo es una palabra fea, malintencionadamente ligada a maltrato físico, a abuso, a privación de libertad; cuando debería ser admitida como lección, reconducción y reparación.
Partiendo de la base del “no abuso”, un castigo reparador es aquel que reconduce una mala actitud o un mal comportamiento.
Para esto, el castigo infringido ha de ser mayor que el mal que se quiso causar o del bien que se pretendía adquirir con tal punible comportamiento.
Lo justo, tanto en el fútbol como en la vida es aplicar penas o castigos “a partir del mal reparado”; me explico:
Si a un jugador se le imponen tres partidos de sanción, dicho castigo se aplicará de inmediato, pero no empezará a contar hasta que el agredido sane de la lesión provocada.
En otras palabras, el agresor no jugará ni pisará un campo de fútbol mientras el agredido esté lesionado y una vez recuperado este último, el infractor cumplirá su sanción.
Esto si lo pensamos un segundo es perfectamente aplicable a la vida social, ¿o no?.

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