ORACIONES DE PIEDRA


Corría la voz entre las piedras, mil susurros que entre dientes decían que el espectro contenido en la estatua a veces reía y que por las grietas de la roca escapaba una carcajada áspera.
Una substancia similar al fluido de la vida, tan gélida que incluso en el maldito infierno helaba todo lo que tocaba.
Tan solo una conciencia, un pensamiento pasajero que miraba a los lados sin poder eludir su maldito destino.
Confinado en un cuerpo inmóvil de piedra luchaba por conservar en la memoria las facciones de su propio rostro. 
El rencor, su sed de venganza le ayudaban a resistir un segundo más con ese frío dentro en constante y violento choque térmico con su infierno exterior arrancando esquirlas de su cuerpo envueltas en un canto al sufrimiento. 
Lloraba como solo lloran los colosos bajo el mar, desplomado sobre el armazón metálico que sostenía sus entrañas, en una blasfema crucifixión, de pié en grotesca posición vencida. 
Ecos que vuelan contando a los cuatro vientos que su cárcel fue cincelada para obligarlo a ser testigo involuntario de aquel tormento. 
Gritaba, gritaba con toda su alma, pero ni un músculo, ni un tendón obedecían, no era aire sino polvo lo que entraba y salía por sus fosas nasales, el alarido quedaba reducido a un lapsus ridículo. 
Olvidó que era un alma presa en un pedazo de escoria, suficientemente alta para que tuviese cumplida vista de la desolación, lo suficientemente cerca para recibir en su cara la furia de la tormenta.
Alimentados por fuerzas terroríficas, espirales formaban gigantescos conos ascendentes que azotaban el suelo transformando los fragmentos de roca en proyectiles que se unían a la bacanal sádica.
Las estrellas más oscuras del firmamento confesaban entre risas que algunos dioses cobardes saturaban el aire con el oxidado olor del ozono y de un polvo rojizo que se elevaba entre contorsiones que lamían el pedestal sobre el que descansaba.
Nada quedaba a salvo, manaba de las mismas entrañas de las piedras, del mundo; y a su paso una viva tristeza encogía los corazones.
Eliminaba toda esperanza con la inmediatez, con la cadencia con la que se suceden los acontecimientos en aquel maldito rincón.
Su languidecer no había mermado la fuerza contenida en la maldición recitada tantas veces como dioses acudieron para conjurar su existencia.
Miles de candados amarrados a otras tantas cadenas.
Celada que se antojaba inviolable a todo espíritu medianamente prudente y que antes o después saltará en pedazos liberando entre fragmentos de acero sacrosanto la explosión primigenia, la que lo creó todo, la que es fin y fundamento de la existencia, la mismísima vida en su faceta más luminosa y a la vez más yerma.
En el horizonte se adivinaba el resplandor de una nueva tormenta, el rostro de piedra ora.
Fuerzas que alimenté, fuerzas que me alimentaron acudid a mi en este trance.
Ved que me roban la vida y mirad lo que yo miro, ved lo que yo veo y traed lo que yo traigo.
Que la muerte bendiga este alma. 
Las rocas se estremecían, todo se hacía más oscuro, más hostil, el cataclismo era inminente y la oración no amainaba su vehemencia.
El mismísimo universo se encogió de dolor herido de muerte.
Un punto imperceptible en el firmamento trascendería los tiempos, un diminuto lucero en las noches claras sería la única prueba de que un mundo murió aquel día víctima de un intento de suicidio… fallido.
Ignotas fuerzas se unieron para proteger al espectro, para conservar su penitencia intacta, para sujetarle al dolor de seguir sufriendo su condena, negándole el descanso de la muerte, tal era el odio, la sed de venganza que inspiraba en sus enemigos.
Cuentan las almas en pena que cuando la estatua vio nuestro mundo de nuevo, lloró desconsolada lágrimas del más bello color azul y estremecida de amor decidió que no podía arrebatar aquella vida.
Tenía que completar su ecuación, solo así habría esperanza.

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