EL NOMBRE DE UN PUEBLO.


Cuando mira a su alrededor y ve que no hay esperanza, que cada día que pasa, cada hoja en el calendario arrancada es un paso sin importancia, siente que un día que pasa sin haber hecho nada por nada, por nadie, ni siquiera por ella misma es una rendición y se rebela, se niega a admitir su derrota.
Así es este país, una mujer dura y rocosa, un fruto de la tierra que llora con la imagen de palomas en la mirada.
Como la amante cuya figura vencida es un atemporal reproche al cielo, un grito que duda entre pedir una explicación o simplemente maldecir a la creación.
Es su patria una mujer de unicejo espeso, un parto a gritos sin paliativos, una niña de ceño fruncido, mujer madura de mostacho hombruno; es mujer tosca y hermosa de turgencias y desgarros.
Así es este mundo y así es ese pueblo, son eternos, tienen mucho tiempo, son inmortales, y cuentan los siglos uno a uno al tiempo en que se recrean con pequeñas confesiones al oído.
Se cuentan que no hay justicia, comentan que los niños mueren de hambre en campos de trabajo, comparten malas noticias, de esas de las que esta humanidad es tan prolija y mueven la cabeza con pesar.
Otras veces surgen las bromas como riachuelos, corrientes de vida que transcurren sobre aquellas cosas que solo ella ve, que solo ella entiende, a esa distancia en la que las confidencias se transforman en sentencias.
Y la mujer se hace pueblo y el pueblo se hace libre entre los poros de su piel, ambos cumplen sus condenas y las cumplen resignados, porque a ella la mantienen en pié las desvencijadas piedras de una columna rota y porque ese miedo mío sin ella simplemente no es.

Esta amigos míos es su tierra, nuestra tierra, terriblemente orgullosa, aprieta los labios para contener un gemido, dolorida por mil clavos que profanan su cuerpo, que rasgan sus miembros, sus senos, su vientre.
Doy gracias por tenerla en este mundo, porque ella misma sea el mundo, para que me describa todas esas cosas, estoy seguro que de otro modo me las perdería.
Ella es el símbolo de un sentir, se llama Frida y con su cuadro “La Columna Rota” se transformó en planeta, ahora nos toca a nosotros ponerle un nombre a su pueblo, a su cielo azul y a su suelo árido y hosco.
Adelante.

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