PERDÓN Y ENEMIGO.


El perdón, difícil palabra, su definición implica que consideres a tu enemigo como tal, significa de forma intrínseca que en efecto, no le has perdonado.
No cuesta trabajo, al contrario, exige dejar caer los brazos y cesar hostilidades, implica dejar de mirar de reojo, de sentir un puñal en la espalda; a todas luces es un simple cambio de perspectiva que hace la vida más fácil; y sin embargo, ¿por qué nos cuesta tanto?.
Es de dominio público que la forma más rápida y fácil perdonar a nuestros enemigos es que no tenemos medio alguno de aniquilarlos, si no se da el caso, jamás aflojaremos nuestra presa alrededor de su garganta.
¿Cómo podríamos perdonar a ricos potentados, a sacerdotes degenerados o a gobernantes corrompidos por la codicia, máxime cuando sabemos que con nuestro perdón volverían los desalmados a explotar las fuerzas, las vidas y la salud de los trabajadores; los bandidos políticos volverían a sustentar con leyes a esos ladrones, y los puercos en nombre de cualquier religión caerían sobre nosotros a convertirnos en dóciles corderos y a nuestros hijos en juguetes sexuales?.
¿Cómo podemos perdonar todo eso sin convertirnos en conniventes cómplices de sus felonías?.
 Creo que si pudiéramos penetrar en la cara más intima de los monstruos, encontraríamos tanta tristeza y sufrimiento listos para sernos inoculados en vena que, con toda seguridad, desmantelarían cualquier asomo de perdón por nuestra parte.
 Pero en realidad, esta morralla no son nuestros enemigos, digamos que son los granjeros que nos ceban, que nos crían y que nos venden como carnaza; pero realmente nuestros enemigos están en otra parte.

Complicado, extremadamente complicado pues ellos llevan milenios estableciendo los baremos sobre lo perdonable y lo imperdonable, educándonos, modificándonos: atronando nuestros oídos con músicas estridentes para que no podamos escuchar una sola palabra ni de amigos ni de enemigos.
No sería una tontería escuchar las críticas de un enemigo, si nos lo permitiesen todas esas eras de sordera genética, sería vital para conocernos mejor a nosotros mismos, y quizá fuese también,un primer paso estupendo para empezar a ir poniendo algunas cosas en su sitio.Y he aquí la verdadera razón de que nos cueste perdonar, de que consideremos a un enemigo como algo eterno; la certeza de que ese enemigo empieza a ser realmente terrible cuando el muy maldito empieza a tener razón, en ese momento le condenamos a muerte.

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