PEQUEÑOS DETALLES.


Hablában de sus relaciones familiares, y le daba vergüenza contar que era una persona desenraizada.
Quizá a causa de sus circunstancias laborales que le habían llevado por caminos que de otro modo jamás habría tomado.
Esto tuvo y aun tiene sus consecuencias; unas buenas y otras malas.
Vió mucho mundo, sobre todo ese lado que no sale en las postales, el que se ilumina con bombillas de luz macilenta y que se calienta con estufas de gas.
El mundo que discurre alrededor de una alfombra desde un sofá de cara al televisor y de ahí al tajo, a luchar por el pan y la cebolla.
Nada de neones ni climatizadores a todo gas, calor humano, sudor y nostalgia de casa.
Y esa añoranza enfermiza es el lado bueno de la emigración, de estar siempre fuera de casa, lejos de los tuyos.
En el lado malo tenemos al hombre que ha perdido su referencia, que ya no sabe de dónde es.
Al viajero recurrente que deja una maleta al lado del nuevo equipaje para el nuevo destino.
Le daba vergüenza reconocer esto, que no sentía especial apego ni a su origen ni a su sangre; y lo peor es que no se sentía así en deferencia a su pasado, sino que le dió por pensar que la persona que colmaba su alma podía llegar a pensar que un hombre que no ama tales cosas, no sabe amar.
La verdad es que ella jamás le pidió tales pruebas, ella supo conformarse con su forma de amar, que era incondicional y sin límite alguno.
Cuando terminó de hablar guardó silencio para permitir que su conpañero compartiese de igual manera sus propias vivencias.
Era un tipo simpático y se notaba que poseía una formación muy por encima del puesto de trabajo que desempeñaba como operario de grúa-puente en una fábrica de autobuses, “circunstancias mandan, amigo” decía, y no era una frase de propio consuelo, simplemente lo aceptaba tal como sonaba.
Pero esa gracia se rompía por su voz cuando hablaba de su casa, de sus padres a los que aseguraba agradecer su paciencia, su cariño… pero de los que no recordaba una sola palabra de aliento, un reconocimiento.
La conversación terminó ahí mismo, ambos amigos se sumieron en un denso silencio.
Vivimos una época en la que los padres, de forma sistemática, dejan escapar una tras otra todas las oportunidades para manifestarle a su hijo que lo ama.
Vale un pequeño contacto físico,una mirada de complicidad o un simple asentimiento de aprovación.
Detalles que aquel amigo jamás había experimentado y que él con toda su vergüenza convertida en una inmensa sensación de ridículo, tuvo que reconocer que tampoco.

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