ESPAÑA EN LA DISTANCIA.


Los españoles somos vagos, indolentes, desinteresados, incultos, no sabemos hablar inglés (ni los ingleses español), etc…
Cometer errores es normal, me atrevería a decir que incluso puede considerarse sano; por aquello del error-corrección que parece ser la panacea de la evolución. 
Además es síntoma de que haces cosas, tratas de remediar problemas, creas objetos o situaciones, sí, puedes equivocarte, pero al menos lo intentas, eso también es objetivamente bueno.
Y aquí es donde mi momento filosófico-festivo que diría el grandísimo Forges se encuentra con la antítesis de lo expuesto.
Cuando uno se encuentra por enésimo año consecutivo con el típico estudio científico sobre la curiosa idiosincrasia española realizado por un ser humano nórdico que ha adquirido tan vastos conocimientos a lo largo de su dilatada estancia durante un verano más etílico que cultural.
Mira que insisten en las mismas patochadas, estereotipos, generalizaciones necias que ya no se cree nadie, pero ya sabéis, el arte de ser idiota no es flor de un día, hay que cultivarlo y mantenerlo frondoso a base de mantenerse ignorante.
Una vez leí que en el mundo se han clasificado a los necios en varias clases; una de las cuales, la más lamentable es esa en la que unos simples “enteradillos” se desgañitan tratando de demostrar que tienen algún conocimiento.
Pero que no aciertan más que a recurrir a la lista de folletines de agencia de viajes que se ha empollado, así nos pueden preguntar por un “toreadour” o por una “bailoura de flaumencou”, como si fuese una conversación ineludible con un español.

Supongo que así se creen que pensamos que nuestra vida les importa un pimiento, pues no, sabemos que nuestra idiosincrasia se la trae al pairo casi tanto como a nosotros la suya.
Es una cuestión de intercambio cultural, distancia cortés y fluida que se dice.
También suelen decir que tratamos mal a nuestro país, que no somos patriotas, que denigramos la nación.
Y esto sí que hay que explicarlo detenidamente.
España no es el torero y la folclórica encima del televisor, es una realidad infinitamente más rica y compleja; realidad que le vino muy grande históricamente a nuestra clase política.
Y eso es lo que denigramos, el Estado, no el país.
Como país le meamos la oreja a cualquier llanura helada del planeta sin bajarnos del autobús, y el día en que ser catalán, gallego o vasco sea entendido como un plus en vez de como una amenaza por la panda deslomaos que tenemos llevando el timón de este barco; ya seremos la repanocha.
Pero no, nuestros políticos son como esos guiris metidos a filólogos por la universidad de la sangría de tetra brick, en vez de aprender a decir cosas inteligentes, prefieren soltar una tontería y a fuerza de repetirla acabar creyéndola.
¿A que van a saber tanto de la realidad de España como un finlandés?
Seguramente sepan aún menos, un político español no es sino uno de esos iletrados que siempre encuentran otro inculto aún mayor que se declara su admirador incondicional.
Un consejo que me daba mi abuelita cada vez que metía la pata.
Hijo, cuando se es tonto, la mejor manera de que nadie se entere, es cerrando la boca.
Oído al parche.

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