PUDO SER ASÍ.


Este era un romano que caminaba por unas calles atestadas de gente, claramente llegaban a sus oídos sentencias contra el y su descendencia, contra sus padres y hermanos; escuchaba los gritos, los insultos, las maldiciones.

Pensaba que esta vida es irónica, el allí conduciendo a la muerte a un hombre que no puede morir, a un mártir que no es mártir sino un privilegiado adoptado por el mismísimo dios del cielo que le revivirá y recompensará por todo aquel dolor.
En cambio el, un pobre decurión en pleno servicio militar obligatorio, separado de su familia, de su mujer, de sus hijos iba a ser maldito, un apestado a los ojos del cielo e iba a pasar a la historia sin pena ni gloria.
 
Miraba a aquella turba enfurecida y aquella pantomima empezaba a tocarle las narices.
Tanta solemnidad y tanta patraña, un dios que necesita matar a su hijo y resucitarlo para que una horda de descreidos entre en su redil de una maldita vez.

Se pregunta que si eso tampoco funciona, lo próximo quizá sea destruir el mundo entero.  
Se dijo que no, que eso también lo intentó y tampoco funcionó.  
La cuestión es que entre una lluvia de berzas pútridas y demás verduras pestilentes el romano piensa que la vida tiene esas ironías, el un joven provinciano y contrario al régimen imperial tiene que verse conduciendo a aquel tipo raro hasta un monte para ser crucificado.

Hay gente que se rie abiertamente del “divino reo”, otros le ayudan con su carga, otros no saben y no contestan y el romano allí, sintiendo la mirada de dios en la nuca.
Puede escuchar sus palabras:
“Matame al chaval bien matadito, no vaya a ser que me quede un churro de resurrección”.
 
Esto es lo que faltaba, además de chuparse todo el ritual, el paseo bajo un sol de justicia, un millón de escaleras, trompetas por doquier, el centurión que no para de vocearle órdenes, su paisana haciéndole retratos en pizarras de cera por todas partes para reirse de el luego con sus amigotas, que le vengan con exigencias.
Menos mal que encima de la colina hay un grupo de “elevatores”, tipos encargados de clavar al reo en la cruz, aplomarla y sujetarla.
Aunque algo parece que va mal, los tipos al verle llegar con aquel reo se marchan, dicen que no quieren matar al tipo ese, que todo ese trabajo y tan desagradable solo para darle el gusto a su padre de resucitarlo que no, que pasan, acto seguido dan un paso atrás, taconazo, saludo de rigor y se marchan.
 Llega el centurión, como siempre a voz en grito, le ordena que el mismo ejecute al melenas de una maldita vez; el soldado ya empieza a estar realmente cansado, camina hasta el reo que le mira y dice aquello de “perdonale dios mío, no sabe lo que hace”.
El romano ya no puede más, se encara con el reo y le dice:
Mira tío, que te crucifique tu padre, a tomar por culo.
Y se marchó de allí, nadie sabe dónde se fué, pero dicen que pocos días después apareció el primer tipo vestido de negro y con alzacuellos y que se le parecía una barbaridad.
Si la iglesia reconociese que pudo ser así, me hacía feligrés de la misma.

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