LA VENGANZA DE OPTAR POR LOS OTROS.


Venganza, que palabra tan incomprendida, cuantas connotaciones negativas han usado los cobardes para envolverla de excusas, para no tener que reconocer que no se tiene, en la mayoría de las ocasiones, valor para ejecutar ese último golpe vengador. 
Mucho más ético, moral y piadoso pudrirse de odio atemorizado, calumniando por los mentideros a los objetos de tu resentimiento.
Un consuelo pírrico que no puede sustituir por más tiempo de unos pocos segundos a la terrible sensación de justicia primate que proporciona la venganza ejecutada con el placentero regusto que deja en la boca la paciencia bien administrada.

Y si hay una mentira que se materializa repetitiva y enfermizamente en el interior de nuestros cráneos huecos es la que nos inculcan los que temen nuestra reacción.
El engaño de los tiranos mentirosos que hicieron corderos de los hombres, que hicieron peones de nómadas cazadores. 
La máxima piadosa que asevera que nunca nos sentiremos bien por haber practicado el mal, mentira; y que nunca el rencor y la venganza proporcionan contento, de nuevo mentira.


Es histórico que nada nos place más que hacer la puñeta tanto como se pueda, donde y cuando sea: pero sin suicidios tontos, porque usar y abusar de la venganza con el más fuerte del barrio es una locura, con el igual es peligroso aunque divertido, pero martirizar al enano cabrón, al friky, al membrillo, al inferior es una asquerosa vileza con premio. 
Porque con la venganza nos igualamos al canijo cobarde y chivato y pasamos a ser su enemigo.
Entonces nos ponemos a su alcance, a su merced, porque el canijo del barrio a base de golpes termina siendo el más listo y sabe que ejecutando su venganza nos machacará.
 
¿Cuál es esa revancha cruel?, muy sencillo, el insoportable desprecio del perdón, la renuncia a toda venganza posible, nos aplicará el cruel olvido, que es la única venganza y el único perdón. 
Así demostrará que es superior a nosotros, sin mover un solo dedo.

Y así hemos de demostrar a los que nos odian, a las élites sociales, a los que faltos de escrúpulos nos han estado tratando durante siglos como al tonto de la clase, como al saco de las ostias al que aplicarle una colleja de las muchas que les sobran a lo largo del día.
Políticos, banqueros, militares, mandos policiales, sindicalistas, clero, a todos, hemos de ignorarlos a todos, abandonarlos a su suerte en un mundo sin manos amigas.
Solo hemos de ignorarles, hacer que dejen de existir; abrazar otras opciones cualesquiera, sirven las menos malas si no las hay mejores, y nunca, nunca volver a saber de ellos.
Porque ellos nos llevan hacia la muerte, hacia el fin de nuestra civilización.
Esa será la venganza capaz de guardar nuestras heridas abiertas y nuestras memorias despiertas.

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