DONDE LA MÚSICA ME LLEVE.


Hay quien dice y no sin razón que para amar la música, para comprenderla hay que escuchar mucho y además hay que hacerlo con una disposición suficientemente abierta como para alcanzar un listado suficientemente ecléctico, amplio y variado.
Encontrar una banda sonora para cada instante de tu vida, para cada minuto que respires. 
Dicho de otro modo, hay que ser tolerante y no encasillarse, no etiquetarse en una sola corriente, tribu y evitar como a la peste todo asomo de snobismo. 
 La música que escuchas tiene muchísimo que ver contigo, con el carácter que proyectas a las personas a tu alrededor, e incluso es una pista diáfana que te delata y te vincula con el momento anímico que atraviesas.
Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, pero lo que si he encontrado fascinante es el delicadísimo mecanismo de nuestra psique al corroborar esto. 
Es algo que paradójicamente he descubierto al empezar a escribir, precisamente en una época de mi vida en la que seguramente tengo menos tiempo para disfrutar de una buena audición. 
 Me resulta simplemente mágico experimentar como puedo preparar mi mente para escribir determinadas cosas simplemente utilizando un tipo de música definido.

Supongo que a mi me funciona con unos grupos o canciones determinados y supongo también que cada persona cuenta con sus propias “Claves Armónicas”. 
Es como si cada música vibrase a una frecuencia diferente alcanzando dispositivos de disparo determinados a su longitud de onda, de modo que activa mecanismos sorprendentes con una precisión y efectividad cirujanas.
 Quiero interiorizar el horror de la guerra, un combate sexual entre dos amantes, una conversación amistosa, o el dolor del olvido.
Cada sentimiento tiene su acorde y cada acorde evoca ese sentimiento, se alimentan el uno al otro pues el acorde se creó en uno de esos instantes y desde entonces con solo escucharlo, los corazones entran en el estado originador.
 
Así de simple y así de efectivo.
Esto me trae a esas personas a las que les gusta compartir música con sus amigos, ya sea en una red social o simplemente un cd o vinilo con su vecino.

A esas personas que si no comparten sus pertenencias no las disfrutan.
A esas personas que con ese gesto están lanzando un grito sordo al mundo: “tomad esta canción, suena a mi persona, suena a amigo o enemigo, esta canción soy yo, aquí, ahora”.

Buscad ahora en vuestros recuerdos la última vez que alguien te invitó a escuchar un disco o una simple canción.
Piensa por qué a ti y por qué precisamente aquella canción, contextualízalo.
Te darás cuenta de que fue toda una declaración de intenciones.
Ahora que lo has comprendido, quizá pudieras escoger algo de música, ponerla al volúmen adecuado y reunir valor para hacer esa llamada que deseas hacer y que siempre dejas para otro momento.

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