EL ÚLTIMO VAMPIRO EN BILBAO.


Un día demasiado largo, duro y largo, se lamenta, “maldita sea ya ni veo la luz del día” dice contemplando los nubarrones negros que amenazan con lanzar la enésima tormenta del día. 
Empieza a trabajar antes del amanecer y en esta época del año ya es de noche cerrada a las 18:00, así que el sol pasa de largo por su vida durante los largos meses del invierno.
Cuando entra en casa le falta el resuello, está agotado y le duele todo el cuerpo.

No se lo piensa ni un segundo, sabe que si se detiene el agotamiento le vencerá y ya no podrá moverse, así que abre el grifo de la ducha para que el agua tome temperatura mientras se desviste y sin darse tregua se mete bajo el agua.
Una ducha rápida es lo que le reconcilia con la vida todos los días, pero a la hora de aclararse el jabón del cuerpo, la tormenta se desencadena y un rayo que cae demasiado cerca hace saltar la red eléctrica. 
La oscuridad es lo de menos, no le molesta, pero la caldera de las narices es eléctrica y el agua de pronto gélida casi la hace lanzar un grito de la impresión.
Salió de la ducha envuelto en una algarabía de rayos, truenos y exabruptos, con la única luz de algún que otro relámpago atravesaba el pasillo.
 
Con el resplandor azulado las sombras tomaban formas caprichosas, distorsionaban los contornos, las formas los volúmenes.
La sombra que crecía a su espalda le pareció un efecto óptico de la luz cambiante.



Otro flash eléctrico y el rostro blanquecino con los ojos vacíos que se aproximaba a su espalda pasó absolutamente desapercibido.
Tampoco pudo distinguir las manos blancas como la muerte, armadas de garras demás de cinco centímetros que se extendían hacia su cuello.
 
De pronto sintió una sacudida eléctrica en toda su médula; una de aquellas garras comenzó a deslizarse por su piel desnuda, aún húmeda recorriendo su columna vertebral desde la zona lumbar hasta el cuello. 
Paralizado momentáneamente no pudo girar el rostro para ver aquellas facciones desencajadas, las fauces abrirse a escasos centímetros de su carótida. 
Pero sí sintió un aliento fétido y espeso.
Otro nuevo relámpago ilumina la habitación y con el estruendo del trueno la mano se cierra sobre el cuello del hombre desnudo.
 
Y con un  nuevo fogonazo un cuerpo cae al suelo, un reguero de sangre por el aire dibuja la trayectoria y el estrépito de muebles y enseres da testimonio de la violencia del ataque.
Unos ojos desorbitados por el dolor miran desde el suelo al ser que rezuma ferocidad y que señala hacia su lugar con un dedo grueso y encallecido sentenciando.

¡Ayva la ostia un vampiro, ya puedes perdonar el guantazo oyes, pero es que tengo un pronto malísimo cuando me sobresalto, se me dispara la derecha sola, no me da tiempo a sujetarla pués. 
Pero es que aparecéis así tan de sorpresa…
Pues digo yo, mira que estáis tontos los vampiros o así oyes, beber sangre con lo bueno que es el rioja alavesa!.
El vampiro con la mandíbula desencajada y dos colmillos partidos tenía los cinco dedos del aldeano marcados en el rostro, parecía un PIN del Athletic pero del tamaño de una sartén.
Maldita sea mi estampa, me pongo el disfraz de murciélago y me vuelvo a Transilvania pero ya.
Animales, cabrones…¡Ays!.

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