TE DOY MI VIDA.


Hay historias que no se cuentan, vivencias de las que no sabemos nada y que se nos ocultan enterradas entre las toneladas de mierda que ocupan los diarios hoy en día.
Y de verdad que no tener habida cuenta de estos diminutos milagros es una tragedia para todos nosotros, pues en estos diminutos y a la vez gigantescos gestos humanos es donde reside, sin lugar a dudas, nuestra esperanza.
De casualidad leí un artículo sobre un niño de cinco años que cayó muy enfermo, un rarísimo y voraz virus estaba destrozando su organismo desde lo más profundo de sus entrañas.

Pero, si en algún momento la muerte pensó que aquel niño iba a ser presa fácil, estaba muy equivocada.
El niño luchó con toda su alma, gracias a sus inmensas ganas de vivir, su cuerpecito se hizo poco a poco fuerte y para asombro de sus médicos, creó un anticuerpo específico para combatir aquel virus. 
Para los doctores que llevaron el caso aquello era un milagro sin parangón, una curación y posterior recuperación asombrosas. 
Pero la alegría no duró mucho para su familia, cuando el pequeño ya se había recuperado, su hermana,  una niñita llamada Liz cayó fulminada por la misma enfermedad.
La única oportunidad de recuperarse para la pequeña Liz aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien, como cuenta el artículo, había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla.
 
El doctor, siguiendo un estricto protocolo para estos casos, se sentó frente al niño y le explicó la situación con toda claridad.
Aquella fue la primera vez que le hablaron como a un hombre mayor, como a un chico grande.
El niño, comprendió la situación a su manera y cuando el doctor le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana.
El pequeño dudó solo un breve momento antes de tomar su decisión, con un gran suspiro respondió como solo un niño puede responder:

 “Si, lo haré, si eso salva a Liz.”
Así de simple, lo que no entendería el médico hasta más tarde era la altura del alma de aquel niño.
 
Llegó el momento y el pequeño ocupó su lugar, la transfusión comenzó con el corazón de sus padres en un puño, la sangre comenzó a fluir y con ella las esperanzas de sobrevivir de la pequeña. 
Acostado en una cama al lado de la de su hermana, sonreía a Liz mientras un enjambre de médicos, enfermeras y auxiliares los asistían a ambos. 
Pronto un color sonrosado volvió a las mejillas de la niña, la vida de nuevo fluía por sus venas y las defensas de su hermano estaban cumpliendo con su cometido.
 Entonces el niño palideció y su sonrisa desapareció súbitamente.
Clavó sus ojos limpios en los del doctor y le preguntó con voz temblorosa: “¿A qué hora empezaré a morirme?”.
 
No quiero ni pensar en lo diminuto que debe sentirse un ser humano al recibir semejante pregunta de una personita como él.
Siendo solo un niño, no había comprendido del todo al doctor; él pensaba que le daría toda su sangre a su hermana con lo que esto conlleva.
Y aun así, tras meditarlo, tras entender a su manera lo que iba a hacer, se la daba.
Un niño de cinco años se cambiaba por su hermana y los adultos dando todo por sabido no comprendieron la grandeza de aquel corazoncito.
No diréis que conocer estas cosas no es un rayo de esperanza en un mundo que olvida estos gestos de generosidad absoluta y da el premio Nobel de la Paz a un tipo que tiene soldados matando en mil guerras a sus órdenes.
En fin.

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