>BUSCADME UNA RAZÓN CADA UNO.


>Con los alumnos entregados, el tiempo que volaba y todas aquellas manos que no cesaban de levantarse, el viejo maestro conoció lo doloroso que puede ser en ocasiones sentirse realizado. 
Muchas más preguntas que respuestas, mucha más ansia por saber de la que aquel hombre vencido por las cosas de su larga vida podía combatir.
A pesar de su sed de conocimientos, aquella ignorancia en unas personas jóvenes que debían tener esas respuestas le desanimaban profundamente, creaban en él un sentimiento de responsabilidad añadida.
Quedaba mucho, muchísimo trabajo que hacer aún y el anciano se sentía exhausto.
Dígame caballero.
 

Trataba de usted a todos sus alumnos, simplemente se sentía más cómodo escondido tras ese muro de rígido respeto, como un perro que orina todos los rincones de su territorio como aviso a los intrusos, el marcaba el suyo para mantener su manada libre de ociosos y arrogantes.
En realidad amaba a sus alumnos como a sus propios hijos y escuchaba paciente cada cuestión que le fuese planteada.
_ Maestro, ¿no vieron ninguna señal en su entorno, transformaciones, síntomas de decadencia, algun detalle por pequeño que fuera?, ¿cómo podían estar tan ciegos?_.
 

 No pudo contener una sonrisa, pues aquel reproche espontáneo se lo hizo a sí mismo miles de veces, se lo hizo a la humanidad otras tantas y escucharlo ahora de aquel joven le creó un germen de vergüenza que casi le impidió responder con la inmediatez que le gustaba.
_Miles de ellas y pasamos por encima de ellas estirando el cuello con toda la soberbia que da la inconsciencia.

Eramos una masa informe de locos, ciegos y estúpidos.
A nuestro alrededor, el oxido ensuciaba con chorros anaranjados y rojizos las fachadas de los edificios.

En su mayoría reconvertidos en monstruos de hormigón plagados de pequeñas madrigueras. Tras cada puerta intuíamos bestias a cada cual más terrible acechando que olisqueaban el aire con fruición buscando el dulzón olor de nuestras carroñas.
A eso nos vimos reducidos, a alimento para las bestias, a sustento de animales extintos que retornaban para exigir su lugar en el mundo; a un puñado de pestilente polvo, a penas diez kilogramos de sales minerales y otros elementos químicos diluidos en agua.
 
Nuestros componentes orgánicos, esas valiosas substancias nos estaban siendo reclamadas_.
Eran muchas las ocasiones en las que el profesor había despertado esa actitud, las bocas abiertas y los ojos fijos en él de sus alumnos le enorgullecían; continuó.
_Todo volvería al lodo, a la piedra y al polvo, la materia era de nuevo materia y por enésima vez se transformaba, se restructuraba y empezaba de  nuevo su círculo_.
 
Desde otro rincón del aula una voz presa del entusiasmo omitió la ritual petición de venia con un gesto de la mano.
_Señor, ¿qué pensamientos acucian la mente en ese trance?_.
Perdió la mirada en un punto del horizonte ignoto,cargado de significados, con un hilo de voz respondió.
_Añoré la música, el estado de ánimo que me proporcionaba y que me permitía transformarme en un ser etéreo.
Deseé con toda mi alma escuchar por última vez aquellas canciones especiales de mi vida.

Leer aquellas frases geniales de hombres grandes e ignorados, locos enamorados de la humanidad, del alma más despiadada y cruel que nadie pueda imaginar, ver aquellas imágenes gloriosas, las pinturas de los hombres, sus trazos, su arte_.
¿Qué sería de nuestro legado?, insostenibles pruebas de que un día existió en todos los rincones, un ser pequeño, diminuto y débil, que llegó a agotar un mundo_.
Lanzando una mirada de acero a los jóvenes que le escuchaban entre atónitos e incrédulos el anciano sin darse cuenta le dio una nueva inflexión a su voz.

_No caigáis en el error de creer que este viejo os falta al respeto de un modo tan grosero con fabulas una increíbles para solaz de mentes imberbes.
Sí, yo vi como bajo el manto gris del cielo, verticales jirones de humo y hollín rasgaban el vacío, los vapores viciaban y envenenaban el aire, lo hacían doloroso para los pulmones, insano, hasta tal extremo pernicioso que quemaba al pasar por las vías respiratorias.
 
Los hijos de los hombres nos convertíamos en  polvo, nuestras fibras se transformaban en correas de piel seca y acartonada.
A penas pude combatir el vómito al ver como una luz azulada en su frenética danza sulfúrica arrancaba brillos céreos de sus desencajadas sonrisas.
Solo nos quedaba aceptar nuestro destino, reconciliarnos con los ancestros y esperar de corazón que mostrasen su benevolencia permitiéndonos morir con el menor sufrimiento posible.
En los últimos suspiros comprendimos que si no hubiésemos perdido tanto tiempo, tanta energía en someter a la vida bajo nuestros caprichos, que si nos hubiésemos limitado simple y llanamente a vivir quizá estaríamos ante una realidad muy diferente.
Pero las lamentaciones a aquellas alturas de la partida no cambiaban nada en absoluto, palada tras palada sepultaban nuestros cuerpos presentes con gredas estériles.
La alumna insistió.
_Pero aun no ha dado respuesta mi pregunta, ¿como lo hicieron, cómo se salvaron?_.
Tragó saliva.
Una voz burlona martilleaba en sus sienes.
_Explícalo todo mi buen amigo, explícalo y cumpliré mi parte del trato_.
Era el momento, había llegado la hora de contarlo.
_Buscad una razón cada uno para que os lo cuente y lo haré encantado, esta es mi condición_.
Nunca más hablaron del tema.

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