>LECCIONES IMPAGABLES


>El año siempre termina con la sensación en nuestro interior de renovación.
Una ilusión de poder hacer borrón y cuenta nueva, olvidar los “pecadillos” de este ciclo, que termina como empezó, con champán y campanadas, y dejar atrás todo ese exceso de equipaje que nos ha ralentizado.
Quizá es por eso que acometemos el comienzo del nuevo año cumpliendo con la tradición de formular una especie de declaración de intenciones.
 
Pondremos todo nuestro empeño en cambiar malos hábitos, luchar contra malos vicios y nos fijamos la voluntad de ser fuertes en todos nuestros nuevos empeños.
En definitiva esperamos ser mejores personas, querernos más, cuidarnos más y ser más positivos con nuestro entorno.
Y es cuando aconsejados por un excesivo porcentaje de alcohol en la sangre, hacemos esas promesas con los pechos henchidos de “ilusión navideña”.

 Hay tres “hits” en esto de las buenas intenciones de cara al nuevo año.
1) Dejar de fumar.
2) Hacer dieta.
3) Ir al gimnasio.
A fin de cuentas, todo se reduce a uno: “voy a llevar una vida más sana y ordenada”.
 
Y aquí es dónde lo poético del año nuevo termina, porque en su mayoría estas propuestas que hemos dejando desde hace meses para este momento, para año nuevo, no van a sobrevivir ni unas tristes horas.
Cabe recordarlo para próximas elecciones, el símil es rabiosamente parecido; nosotros lo dejamos para el próximo año y ellos lo dejan para la próxima legislatura y es que fallar a nuestras promesas es algo innato a la comodidad humana. 
Los más fuertes conseguirán resistir una o dos semanas sin fumar o llevando una dieta más sana; aún así la suerte está echada, conforme la voluntad flaquea, las excusas para echar un cigarrito o comer una hamburguesa rápida aumentan y es que no hay mas fuerte voluntad que la de pecar ni vocación más agradecida que la de fracasar. 
Yo este año he decidido proponerme una cosa:
Dejar de hacerme proposiciones estúpidas que no tengo la más mínima intención de cumplir, y que cuando me derroten, crearán en mí un sentimiento de culpa y una mala conciencia que sí me durarán todo el año.
Quizá la felicidad de esta tradición se encuentre en hacer proyectos realizables, actividades catárticas que se puedan realizar un día y que en si mismas puedan cambiar hábitos.
 
Hace unos años mi hija me propuso para el año nuevo plantar un árbol en el monte.
Me pareció estupendo y me puse manos a la obra; fuimos juntos a un invernadero, escogimos y compramos un pino que los hay baratísimos y fuimos al monte a plantarlo.
La ilusión de mi enana desintegraba como un rayo láser cualquier duda al respecto, nubes, tormentas, viento, frío; todo daba igual, aquel pino quedaría clavado en la tierra ese fin de semana aunque le cayese un meteorito encima.

Pasamos una mañana genial entre el ritual de los preparativos, el paseo; una vez allí dejarla escoger el lugar, abrir mochilas, comer los bocadillos, etc.
Cuando volvimos, a nuestras espaldas no quedaron basuras, ni bolsas, ni papeles; quedó un arbolito y la ilusión cumplida de una niña que me hizo prometerle que el fin de semana siguiente volveríamos a ver el pino; y a la siguiente; y a la siguiente.
Muchas veces esas personitas te dan lecciones impagables sobre la vida, lecciones útiles y valiosas como esta.
No es cuestión de hacer una vida más ordenada sino hacer algo con esa vida para mantenerla en orden.

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