>DOS ASIENTOS VACÍOS


>Las averías, los accidentes vienen a ser como el amor, del mismo modo en que no puedes decidir de quién te vas a enamorar, tampoco puedes decir dónde; cuando y Que se va a romper en tu coche. 
En esa situación estaba ella; la gran ella; la más ella entre todas las ellas.
Tan ella era que incluso había perdido parte de su humanidad para convertirse en estrella rutilante de destellos dorados.

Aunque como en esta ocasión, ella harta del vértigo, encontraba el modo para evaporarse, para esconderse tras el volante de su coche, de un coche cualquiera que alquilaba aquí para dejar allí.

Y así una joven conducía por la zona rural de ninguna parte, por campos verdes de altas hierbas, por prados de robles y olivos milenarios sin un origen, pero con una dirección definida; su destino estaba al final de aquella carretera comarcal, o quizá antes.
Inteligentemente había ocultado su fulgor bajo capas y capas de la persona que era en realidad sin dejar rastro de la bestia mediática y era lo sufientemente coherente para reconocer, para decirse a sí misma que esa sensación revivida era seductora, amable, dulce. 
Todo perfecto hasta que cayó la noche y las nubes cerradas en el cielo empezaron a descargar lluvia.
Primero fue timidamente en unos instantes la furia de los elementos se desataba furiosa contra aquel utilitario que circulaba cada vez con más dificultad por aquella carretera retorcida y sinuosa, seguramente construida por las manos de un demente y concebida por el dibujo de un enajenado.
Unas luces al lado de la calzada se adentran medio kilómetro más o menos en una carretera aún más pequeña entre un túnel de amenazantes robles. 
Ella se detiene, ha de tomar una decisión y opta por la más razonable:
 Irá hacia el origen de aquellas luces, una casa, quizá con suerte un hotel o al menos un cobijo, un fuego y un momento hasta que amaine el aguacero. Frente a la casa, el cielo parecía furioso de perder a su víctima, era como si hiciese acopio de fuerza para desatarla concentrada sobre aquel pequeño coche perdido en medio de ninguna parte.
Ella sonríe a su suerte, unas horas antes miles de personas la adoraban, clamaban su nombre y coreaban sus canciones; ahora rezaba porque tras esa puerta hubiese una buena persona que le ofreciese una conversación, una taza de café y compañía.
 La casa era una construcción poderosa, una casa de gente laboriosa.
Sus gruesos muros de piedra le cuentan que esas gentes han vivido inviernos crudos, que se trabaja duro y por alguna razón se siente aliviada. 
Unos pocos golpes y la puerta se abre con una cálida invitación en la mirada hosca de un niño.
Ella recuerda que alguien dijo que las personas venimos al mundo para enamorarnos de una sola persona y que tristemente no es fácil tropezar con ella; ante su mirada atónita se dice que ha encontrado a esa persona.

Vio la mirada del padre idéntica a la del niño, vio sus labios sonreír tras el primer momento de lógico recelo. 
Ella incapaz de articular palabra solo pudo encogerse de hombros y señalar con la barbilla al cielo, estaba segura que era perfectamente entendida.
En un segundo estaba sentada en una sala con un fuego como testigo de una amistad y con una conversación banal que le reconfortaba el alma.
No sabía cuanto tiempo había pasado, pero abrió los ojos ante la sonrisa de su anfitrión, el como ella le señaló a su lado con la barbilla, el pequeño se había dormido junto a ella, un nudo se hizo en su garganta.

 ¿Cuánto tiempo hacía que no hablaba por el solo placer de escuchar una voz, sobre esas cosas sin importancia que le destruyen y reconstruyen la vida a uno?.
Con esa pregunta y con la dulce sensación de un sueño en los brazos del hombre despertó al nuevo día.
Papi preparaba café y mami miraba tras una foto con una triste fecha y una cruz negra.
 
El pequeño la enseñaba una a una sus pinturas, sus juguetes, sus libros de aventuras; el también estaba encantado con su nueva amiga.
Olvidada por completo su existencia fuera de aquellos muros de piedra, quiso detener el tiempo, quiso poder quedarse unos días, unas semanas y el estruendo del escenario se le hizo amargo.

Pero era consciente de que con el alba todo terminaría y su vida retomaría el vértigo.
Se dio cuenta de que en realidad enamorarse es sentirse subyugado por algo, y ese algo se convierte en la personificación de la más absoluta perfección para siempre.
Miraba a aquel hombre y se dijo que lo iba a amar en silencio, reía su amargura, ella la estrella inaccesible, lo veía como un sueño que nunca se iba a realizar y el jamás lo sabría.
Otra vez suena la música, otra vez baila y ríe, pero ella disfrazada de un alguien cualquiera ha comprado los dos mejores asientos, los más cercanos al escenario.
Y desde aquella noche de tormenta así lo hace siempre, para poder mirar los sitios vacíos, para poder soñar en cada concierto con que el padre y el hijo acuden a verla.
Quizá un día se atreva a invitarlos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s