>CREANDO MONSTRUOS


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Uno no puede dejar de sentir vértigo cada vez que mira en torno suyo.
Ver esas personas dedicadas en cuerpo y alma a hacer el mal, a enriquecerse mediante el sacrificio de seres humanos.
Hombres que encuentran en la confrontación entre hermanos su hábitat y su medio de vida.
Piensas en que ese hombre tuvo una madre, un padre, una familia; en definitiva piensas que ese monstruo, una vez fue niño.

Y empiezas a buscar entre tus pensamientos, a imaginar en qué parte del camino su infancia se transformó en una desesperada carrera depredadora en la que la amistad, la alegría desaparecieron.
Tratas de comprender dónde se transformaron sus juegos inocentes en despiadadas maniobras por y para satisfacer su egoísmo.
Ves a un niño inquieto que adora bailar, cantar, gritar y saltar; pero sus padres y educadores no le permiten semejantes alardes.
 
Piensan que puede romper algo por accidente, manchar la ropa en la hierba, estropear un libro con sus manos sucias; lo cierto es que no quisieron a ese niño, lo tuvieron porque era menester y desde que el pequeño adquirió una mínima autonomía se convirtió en un estorbo, en un peligro constante. 
Primero un peligro para esa colección de objetos inútiles que sus padres se empeñaban a atesorar perdiendo cada día más y más espacio en el nido. 
Después un peligro pues su espíritu infantil destruido es incapaz de enviar señales de concordia y simpatía, señales que se forman durante la infancia y que nunca, una vez perdidas, se restituyen.
Pero esto no obedece a un plan trazado, es puro instinto; los adultos nos conocemos y tanto es así que sabemos leer entre líneas, sabemos descubrir esa parte del juego que deja de ser lúdico y pasa a ser social. 
La parte del juego que habla de la jerarquía de la manada, la parte del juego que te avisa de que ese niño, esa criatura capaz de desplegar toda esa energía incipiente, un día reclamará tu trono. 
Es por eso por lo que censuramos a un niño excesivamente “movido”, quizá el animal que llevamos dentro, al igual que lobos, osos o monos, codifica ese ansia de juego como una semilla de rebelión, como una demostración de fuerza, de la fuerza que un día ejercerá sobre ti para relevarte en la cúspide de la pirámide. 
Además que los niños inquietos son curiosos, preguntan, cuestionan las cosas, se rebelan contra un “porque yo lo digo”.
Ciertamente no será ni mucho menos un dócil mensajero de tus deseos, ni una víctima silenciosa de tus frustraciones.
Tampoco aceptará el futuro que has diseñado para él y desconfiará de tus argucias para conducirlo a tu redil.
 
Con los años, el niño rebelde sufre una explosión hormonal, su cuerpo explota por dentro y aun desorientado por lo que pasa, sigue sin clavar la rodilla.
El niño desaparece y deja paso a un joven rebelde, un nervioso y brioso proyecto de hombre indómito al que, inteligentemente, dejas por imposible.

Has de asumir que pronto la supremacía dejará de ser tuya.
Asumes que no quiere casarse tal y como te gustaría, odia la carrera que anhelabas para él, ni siquiera gusta de andar con los amigos que quisieras para él.
 
Vivirá su vida de acuerdo a sus propios impulsos.
Como en realidad lo que deseamos para nuestros hijos es precisamente lo contrario, en vez de asumir los roles que nos da la vida en cada momento concreto, lo que hacemos es modificar el proceso, anular su corazón y convertirlos en una especie de autómatas capaces de lo que sea, siempre y cuando alguien de rango superior se lo ordene.
Se eliminan sus ganas de jugar, se reprende su sentido del humor, se le sanciona la risa franca.
Hasta que harto de no comprender por qué es reprendido, deja de hacerse preguntas y empieza a asumir esos comportamientos “deseables” de memoria, se transforman en conceptos abstractos pero de obligado cumplimiento.
Hemos asesinado a nuestro hijo para crear el monstruo.

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