>CAPULLOS


>Hay un espécimen ibérico al que nunca se le hace suficiente caso.
Eclipsado a la sombra de otros elementos más conocidos de la actual fauna humana como el “Manolo” o la “Choni”, tenemos al “Capullo”.
Ese personaje que siempre encuentra la frase más inconveniente, el gesto más desagradable o la opinión más absurda e indefendible del abanico posible.
Son fáciles de reconocer porque hablan a voces, de modo atropellado, y te obligan a escuchar un exceso de información incómodo, detalles que no vienen a cuento, trapos sucios que te importan un pimiento y elucubraciones delirantes que contaminan tus sentidos con conceptos a cada cual más tonto.
Como llamar insolidarios a los hombres y mujeres que llevan toda la vida trabajando por no querer que les rebajen la pensión o por negarse a trabajar más años por menos dinero.
Hemos de reconocer que alguna vez en la vida todos hemos tenido pensamientos tontos, pero hasta el momento y gracias a los hados, hemos sido inteligentes y nos los hemos callado, nos hemos conformado con reírnos en silencio de nuestra propia ocurrencia sin necesidad de flagelar nuestro amor propio en público.
Luego está el capullo tan, pero tan capullo que incluso los demás capullos le consideran tonto.
Es como cuando alguien habla de eventos a nivel planetario, cuando alguien pregunta por la escritora Sara Mago, o como cuando dos dirigentes sindicalistas tratan de convencer a la población de que con su traición han hecho un favor a la sociedad.
Juran y perjuran que sus intenciones son las mejores y siguen jurando que han salvado a la clase obrera.
Quizá desconocen que las personas tenemos una especie de información oculta en nuestras mentes, una suerte de entramado psíquico que nos conecta a una serie de conceptos básicos.
Pensamientos que permanecen latentes hasta que algún capullo hace que salten nuestras alarmas.
Entonces ante tonterías falaces de tal calibre aparece, primero de forma abstracta, después nítida como la luz un refrán, una frase o una sentencia.
La profusión en los juramentos es cosa propia de mentirosos profesionales; la verdad no necesita ser prometida, jurada ni garantizada.
Realmente no lo pensamos así, lo he traducido un poco; la frase literal viene a ser: “mucho promete el chorizo este, no me fío”.
Y es que la verdad “es” no se “hace”.
Si aún así te cuesta distinguir a un capullo, hay otro modo infalible de reconocerlos: hablar con ellos es como abrir un libro y encontrarte con que alguien ha escrito el final en su primera página.
Su primera frase es absolutamente idéntica a la última; después de horas de conversación siempre te dejan con la desesperante sensación de haber perdido un tiempo precioso.

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