>SIEMPRE ESTUVIMOS AHÍ


>Trataba de entrar en mi merecido duermevela durante mi trayecto de vuelta a casa.
Las exigencias del trabajo cada día me agotan más.
No se si es desviación, vicio o cansancio; pero creo que sin esos minutos de tregua que me doy en el tren, no sería capaz de escribir una sola línea.
Cada chirrido, pitido, golpe, traqueteo multiplica su fuerza por mil cuando quieres pegar un poco el ojillo, pero, por suerte soy capaz de dormir en un saco de clavos, así que al final siempre lo consigo.
Paso revista en cada estación, nada cambia, es la dulce estabilidad de lo cotidiano.
Una pareja que habitualmente sonríen y hablan animadamente hoy entran y toman asiento entre miradas perdidas, suspiros y comisuras de los labios tensas.
Ella es una máscara de hielo, él sufre como no ha sufrido nunca y como ya no dejará de sufrir nunca más.
Casi me dan ganas de hablarle al chaval, pero desisto, se que no va a comprender nada de lo que le diga.
Se de buena tinta que sus oídos solo quieren oír la risa de la princesa desalmada que se regodea masticando las entrañas del joven.
¿Qué mal habrá hecho él para merecer tal castigo?, ¿cuál será ese delito lo suficientemente duro como para querer destrozarle y lo bastante leve como para mantenerse a su lado prolongando la tortura?.
Pienso en como sería la situación si volviese a tener esa edad con lo que se ahora, pienso que eso es imposible, pero un buen consejo puede equilibrar la balanza.
Simulo una tos y le digo ¡vete!.
Le envío un mensaje mental; chaval márchate, no la permitas verte así, no le des esta victoria.
El tren para una y mil veces y el sigue buscando los ojos de la chica.
Dos paradas más y se rinde, se levanta, abre la puerta y cuando va a salir ella da señal de vida.
Un gemido, un sonido inarticulado, lo justo para recordarle que ella permanece sentada allí-
El mira al suelo y sacude la cabeza, un ¡no! mudo y rotundo.
Ella espera a que el tren salga, otra oportunidad perdida, y le llama, no para arreglar nada, para seguir con el reproche.
La miro, me entristece su ceguera e imagino con ella una conversación en la que intento explicarle los errores que ha cometido.
Trato de hacerle comprender que en esta vida no se debe dar nada por hecho, que dentro de una persona hay miles, millones de años de evolución y que en aquel juego el joven suplicante que dejó ir era el recolector y que ella, en cambio, era la agricultora.
La combinación es imposible y empeñarse en ella es demoledor; porque la diferencia entre un agricultor y un recolector
es que el agricultor se acostumbra a que la tierra le de lo que necesita y se lamenta de que la naturaleza no de mas.
Mientras que el recolector no pide más que los pequeños regalos espontáneos de la tierra, agradece de corazón todos y cada uno de sus frutos y no lamenta nada.
Me doy cuenta de que estoy divagando, tengo la sensación de haberme encontrado conmigo mismo, pero con veintipocos años y por alguna razón que desconozco no me he reconocido.
Pero ese joven y yo hemos hablado y mientras mi experiencia hacía madurar a aquel chaval, el proceso ha producido cambios en mí.
No se explicarlo, pero empiezo a preguntarme si sería posible que nuestro yo actual hubiera, de algún modo, ejercido de ángel de la guarda en nuestras etapas más tempranas.
¿Os imagináis descubrir que siempre tuvisteis las respuestas, que solo teníais que escucharos para saber lo que hacer?.
Me niego rotundamente a creer que somos el fruto de una sucesión de casualidades: creo que somos quien somos y eso es así desde antes de nacer.
Siempre estuvimos ahí.

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