>SALVEMOS A LA BALDOSA BILBAÍNA


>No quiero que esto signifique un simple alegato en defensa de una retrógrada visión de nuestras calles.
Suspiros nostálgicos de aquella ciudad gris, oscura y húmeda que se cerraba sobre sí misma sin atreverse a mirar más allá de los montes que la resguardan del exterior.
Y como los de Bilbao no somos muy de mirar al cielo a no ser que amenace galerna, ya estuvimos allí y decidimos bajar, nos hemos hecho a mirar al suelo; a nuestras queridas baldosas bilbaínas.
No señores no es simple añoranza, es gratitud, es memoria, es parte de nuestro espíritu.
Tengo muy pocas imágenes de mi niñez en las que no aparezcan las rosetas de hormigón y viruta de hierro.
Cómo no, Bilbao puro y duro; exoesqueleto de mil almas volando a ras de suelo.
Casi un siglo a nuestros pies las han convertido en una seña de identidad, una fiel compañía de paseos que hoy los hijos desmemoriados de los devoradores de presupuestos pretenden enviar al oscuro túnel de la extinción.
Parece mentira, yo pensaba que solo los grandes artistas necesitaban morir para ser apreciados.
Resulta que ahora que los bilbaínos callan mientras los políticos con sus nuevos amigos, con sus nuevos negocios y con sus nuevas fábricas de nuevos productos hacen desaparecer la baldosa de nuestras calles, los turistas la encuentran entrañable y compran pañuelos, tartas y demás souvenirs con el diseño de la baldosa de Bilbao como motivo.
Hablando desde el corazón, he de reconocer que me encuentro especialmente sensible con estos temas; debe ser la crisis de los cuarentones, que empezamos nuestros primeros chocheos y ya vivimos con ese “cualquier tiempo pasado fué mejor”.
Pero es que he vivido con intensidad el sabor de nuestra capital, he jugado de niño sobre ellas y reconozco que las echo un poco en falta.
Era humilde, discreta, seria, muy bilbaína; concebida por y para Bilbao por Sáenz Venturini.
Deliberadamente acanalada para que el agua de la incesante lluvia, del sirimiri aquel que no moja, solo refresca; se drenase por sus hendiduras y no convirtiera Bilbao en un grandísimo charco prolongación de la ría.
Para que los canijos del barrio pudiésemos jugar al balón bajo el chaparrón y ganásemos así el soplamocos diario de mamá por llegar hecho una sopa a casa.
Claro que si no nos esperase al salir de clase con el bocadillo en una mano y el balón en la otra, otro gallo cantaría.
¿Lo habéis pensado?, esas pequeñas y duras losetas además de despellejar en más de una ocasión nuestras rodillas, también eran nuestro centro de actividades extra escolares.
La baldosa de Bilbao no es un pedazo de cemento, hierro y arena cualquiera, no es escombro para amontonar en la ladera más oculta de un monte.
Ella es el espejo de nuestra ciudad, y su perfecto encaje es el entramado de conexiones neuronales que nos arrancan una sonrisa tras otra a los vizcaínos conteniendo y regalando recuerdos de humo y txikito, de canción y txapelas; puro calor humano que a cada paso nos recuerda de dónde venimos, quienes somos y a dónde vamos.
Nadie nos ha preguntado si queremos una urbe de titanio, si cambiamos nuestros más de 66 millones de baldosas por fachadas de cristal y hormigón pulimentado.
Pero eso no quiere decir que no os veamos venir, que no os reconozcamos a la legua.
Odiais nuestros recuerdos, no váis a permitir que los retengamos y los arrancáis de nuestro alma a base de martillo neumático y pala mecánica.
No lo conseguiréis, hay que salvar a la baldosa bilbaína.

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