>LO QUE CELEBRÁIS EN LA SEMANA NO TAN SANTA


>Atado y clavado a una cruz, despojado de ropas que lo protejan de los elementos y colgado, se da cuenta de que la posición estirada de su cuerpo le comprime los pulmones.
Se debate y se levanta apoyándose en los clavos que sujetan sus pies haciendo fuerza contra las cuerdas que le sujetan las muñecas, con un espasmo de dolor tremendo sus dedos se cierran queriendo agarrar las cabezas de los clavos que le atraviesan las manos para clavarle al madero horizontal de la cruz.
Consigue respirar, tomar una desesperada bocanada de aire aunque a costa de un dolor intensísimo, cada movimiento le va debilitando hasta que, agotado ya no puede incorporarse y se ahoga.
Por fin la muerte llegaba de manos de la deshidratación, la hipotermia o cualquier otra consecuencia de encontrarse a la intemperie desnudo; el hambre, las hemorragias, la sed y los elementos ponen fin a sus sufrimientos con una agonía que ha durado días.
La crucifixión con clavos era una de las asimilaciones culturales que Roma tomó de los bárbaros, un castigo que además servía de espectáculo popular y de ejemplaridad que se reservaba para casos de mucha gravedad como, por decir alguno, robar a una persona de relevancia o poner en tela de juicio el sistema de la “civitas”.
seguramente esta era la razón de que solamente se aplicase a esclavos, desertores militares, y especialmente a los extranjeros.
Desde el momento de la condena, el rosario de azotes, laceraciones, torturas y vejaciones que era aplicado al reo casi lo dejaban insensibilizado al dolor, incapacitado a procesar más sufrimiento.
Incluso en su último instante antes de ser crucificado, eran por última vez azotados.
Quizá como una manifestación pírrica de compasión, se le ofrecía al reo un brebaje narcótico antes de ser clavado a la cruz, una emulsión de vinagre, bilis y mirra llamado “el sopor”.
Una vez tomada esta piadosa precaución, el condenado era “presentado sobre su cruz tumbada en el suelo y se clavaban sus miembros a los maderos que la formaban con unos clavos de casi veinte centímetros.
Durante varios días permanecían crucificados hasta que las alimañas comenzasen a comer sus cuerpos, a veces esto empezaba a ocurrir antes de que la vida abandonase al crucificado, que extenuado y con a penas un hilo de vida en su cuerpo asistía al terror de ser devorado vivo.
Si tenía suerte y el soldado romano tenía una meretriz esperando en algún lupanar para vaciar sus bolsillos, rompía las piernas del reo con el fin de que este no pudiese luchar y muriese ahogado más rápido.
Y ya al fin de la agonía, de vez en cuando un soldado romano punzaba su cuerpo con una lanza para comprobar si había muerto o no.
Y tras leer esto, me pregunto si todos esos elementos pegándose por llevar los pasos de semana santa son conscientes de la barbarie que están conmemorando.

Me pregunto por que la liturgia cristiana no celebra el día que Jesús curó al leproso, el día que Lázaro se levantó y anduvo, etcétera; por que conmemorar la brutalidad del supuesto padre que envía a su hijo a pasar semejante trance y no la bondad del supuesto mesías.
En definitiva,esta semana no tan santa, lo único que conmemora es el conveniente y sano recordatorio de lo que le puede pasar a todo ciudadano que ponga en entredicho los poderes fácticos del Estado y la Iglesia.
No hay Dios, ni mensaje divino alguno; hay un mensaje de brutalidad, de bestialidad y de un desprecio hacia la vida como el que la Iglesia ha demostrado a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

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