>NO HAY EXCUSA


>Es en los momentos realmente difíciles en los que hay que demostrar el verdadero valor de un pueblo.
Es cuando una desgracia tras otra ponen en jaque a la existencia misma de toda vida y someten a prueba lo que hay en el corazón de esas personas.
Es entonces y solo entonces cuando hay que demostrar que son un pueblo que se ama a sí mismo.
No hablo del patriotismo chabacano que exhibe el agitador de banderas, el gritón, el que vive del estereotipo barato.
Me refiero a la persona que hace el bien a su país sin darse cuenta, a la persona que hace lo correcto en todo momento de su vida por difícil que sea hacerlo.
Esas personas son las que engrandecen una nación con el solo esfuerzo de ser eficientes y honestos con su cometido en la vida.
Y todo lo demás es tontería de postal, discurso hueco y falaz del que pretende ser quien no es engañándose a sí mismo y tratando de engañar al prójimo con soflamas.
¿Os imagináis a un español en un desastre como el tsunami japonés?
Correría a salvar su chandal de la selección de fútbol y de paso al seguro a ver si puede cobrar algo.
En el caso poco probable de que fuese así, haría una lista delirante de pérdidas compuesta de cosas que no ha visto en su vida.
Incluso tenemos un nombre para ese tipo de comportamiento, lo llamamos “llevarse lo del muerto puesto”.
Por el camino, además no dejaría de fastidiar al vecino pesado de al lado, total una desgracia más no se va a notar y pasar desapercibido lo hace más divertido.
Idéntico modo de reaccionar tenemos que, por ejemplo, el pueblo japonés.
Ni una sola bandera, ni una sola arenga, solo un pueblo responsable y cumplidor hasta el delirio, gentes con un compromiso hacia su misión vital, férreo hasta la infabilidad.
Aún no había detenido su paso la gigantesca ola, aun retumbando toda aquella destrucción en los oídos de los aterrorizados ciudadanos, pero en una ciudad asolada alguien iba a dar una lección al mundo.
Una gran lección, de esas que solo se pueden dar con algunos pequeños gestos que tienen el suficiente valor como para engrandecer a los hombres.
La ciudad de Ishinomaki se había quedado sin energía eléctrica, eso en España es sinónimo de casa, sofá y ahí me las den todas; en Japón no.
En el país del sol naciente ni la mayor de las desgracias es excusa para omitir cumplir con sus obligaciones.
Un Periódico tiene la obligación moral de informar contra toda dificultad de las últimos acontecimientos, y si un desastre natural detiene sus rotativos, el diario se escribe aunque sea a mano y se reparte aunque sea debajo del brazo y de uno en uno.
No hay excusa, las noticias han de llegar a su destino, seis redactores escribieron la información a mano y ellos mismos llevaron los periódicos manuscritos a los refugios.
Unas hojas arrugadas que hablaban sobre lo acontecido sobre todo en los primeros días del desastre natural, contaban la enorme fuerza destructora del mayor terremoto de la historia de su país y llamaban al pueblo a la colaboración.
Algo me dice que sabían que este respondería, no había más que verlos a ellos.
Cuando el diecisiete de marzo volvió la electricidad a la ciudad de Ishinomaki, alumbró a uno de los núcleos urbanos más devastados por la ira de la naturaleza, pero también puso fin a seis días de diarios escritos con rotuladores.
Hoy, estas páginas humildes pero valiosas para lo que es el conjunto de la humanidad son piezas de museo y el “Ishinomaki Hibi Shimbum” el diario más orgulloso del mundo.
Si eso no es el verdadero espíritu del periodismo, si eso no es merecer un Pulitzer, ya no se que otra cosa buscan más allá del dolor de los hombres.

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