>HASTA HOY


>Todos sabemos que la humanidad no siempre fue el monstruo que hemos hecho de ella.
Hubo un tiempo en el que la virginal inocencia abría nuestros ojos asombrados a un mundo que rebosaba de belleza, de una vida que estallaba en el alma del que abría sus sentidos al mundo.
Los sonidos de la vida, el color y el olor de la naturaleza primigenia, los ecos del principio de todas las cosas aun resonando sobre unas rocas de afiladas como cuchillos.
Era el entorno perfecto para que el nuevo orden tomase posesión de un mundo concebido y creado por y para sí mismo.
Aun hoy encontramos pistas de que una clase de hombres y mujeres fueron enviados a la Tierra con el fin de tutelar todas las fuerzas que la humanidad habría de conjurar, dominar y manejar para poder hacer de la Tierra su mundo.
La llegada de aquellos seres extraordinarios transformó el mundo de la luz en el de las sombras y milenios enteros contemplaron sus maravillas.
Pero esta vida no se caracteriza por derrochar energías precisamente.
Un día la labor de aquellos magos tocó a su fin, un día aquellos prodigios ya no eran apropiados para una humanidad que había dado un giro radical en su rumbo, un día aquellas fuerzas contemplaron a su criatura madurar y hacerse fuerte; había llegado el momento del adiós.
Cuando la era de las sombras tocaba a su fin, este era un mundo incierto, un lugar incrustado en el límite entre dos dimensiones: una naciente en plena ebullición y otra que languidecía se desvanecía como una pátina de polvo luminoso sobre todas las cosas.
Los tres últimos magos del mundo muriente quisieron dejar un legado a la humanidad, un mundo amable con todas aquellas circunstacias necesarias para que los hombres pudiesen desarrollar sus vidas felices y en paz.
Ellos siempre aceptaron el precio de la victoria, siempre tuvieron claro que cuando venciesen, la guerra terminaría y con ella su razón de ser y sus vidas.
Lo aceptaban de buen grado e iban a dar el paso final hacia su propia desgracia por el bien de la humanidad.
Frente a ellos un hombrecito cobarde y blanquecino, un insignificante piojo sudoroso y servil que los observaba desconfiado de su poder y corroído por la envidia que le inspiraban aquellos tres santos varones.
El primer mago levantó su mano hacia el sol e inundó de una luz blanca el lugar.
Cuando la pirotecnia cesó, dejó un mundo fértil y generoso, un planeta amable para los hombres exento de hambre.
El hombrecillo observaba y se pasó la lengua por sus labios grasientos.
En ese instante el segundo mago abrió sus brazos como si quisiese dar un abrazo a la vida; de su pecho manó una luz líquida que a borbotones, como un torrente cantarín arrastró el dolor, así desapareció la injusticia.
El hombrecillo viendo el segundo alarde sacó un aparato de su bolsillo y pulsó una tecla hasta que una musiquilla avisó de que la diminuta máquina estaba operativa.
El tercer mago, quizá el de gesto más grave de los tres juntó sus dos manos y las llevó hacia su rostro, como si se fuese a lavar el rostro con la luz verde que manaba de ellas.
Pasó aquella luz por su rostro, por su cabello y al terminar sacudió la cabeza salpicando al mundo entero de esperanza.
Con aquel gesto se acabo la guerra.
El hombrecillo que resultó ser el primer político se llevó el aparatito a la boca y masculló una sola palabra:
“Carguen”.
Una manada de hombres salvajes con los ojos inyectados en sangre y mascando sustancias que alimentaban su ira se abalanzaron sobre los venerables ancianos.
Así vestidos de amenazante color negro prorrumpieron en golpes, empujones y disparos contra los tres últimos magos que, muy a su pesar, tuvieron que huir temiendo por sus propias vidas.
El mundo quedó sin la tutela de la magia, sin esperanza, sin pan, sin esperanza y en una guerra eterna.
El mundo de las sombras cerró definitivamente a la Tierra y la oscuridad se cernió sobre la humanidad, para siempre tiñendo el horizonte de idéntico color al del traje de los asesinos.
Hasta hoy.

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