>ECOS DEL AYER


>Hubo un tiempo en el que los seres humanos eran conducidos en camiones a horas intempestivas hasta claros ocultos del bosque, hacia cunetas lejanas de la civilización, hacia vaguadas, regatos o acantilados.
Cualquier lugar discreto servía, solo había una condición común, la luna en el cielo trazando siluetas simiescas con sus monstruosos contraluces.
Allí un alma piadosa les hablaba con una voz ronca preñada de afectada complicidad, allí se les invitaba a huir, se les impelía a gritos que corriesen por sus vidas o las perderían en aquel preciso instante sin que aquel improvisado ángel de la guarda pudiese hacer nada por evitarlo.
La memoria juega malas pasadas, ya sea por exceso o por defecto, en este caso por el defecto de personas que hayan conseguido huir para contarlo, nadie allí recuerda a nadie que lo haya conseguido.
Hoy aquellos que escucharon las historias de los viajes sin vuelta, los que vieron las lágrimas de sus padres caer y los hombros de sus madres estremecerse con los recuerdos dicen que t oda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas.
Aseguran que los hombres somos libres y que ninguno de nosotros podremos ser obligado a pertenecer a una asociación o corriente ideología cualquiera; aseguran que estamos protegidos por una ley de leyes para que podamos definir nuestros posicionamientos con libertad y sin temor a represalias.
Lo que no puedo comprender es el escalofrío al ver los furgones posicionados en batería como una manada de búfalos a punto de saltar en estampida aplastando a todo el que se encuentre a su paso.
Los textos históricos, aquellos pliegos que un día descifrarán los que nos sucedan no hablarán de eso, no hablarán de como los políticos violaron todas aquellas palabras hermosas, como profanaron sus cuerpos inmaculados de molicie y como las convirtieron en putas baratas al servicio del mejor postor.
Al contrario, hallarán un somero dechado de virtudes, de ideas de lo que habría de ser una sociedad perfecta.
Se encontrarán con sentencias como la que jura que toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país. Seguro que, atónitos, pensarán que éramos una sociedad maravillosa, utópica y no podrán comprender como pudimos extinguirnos.
Cómo pudo desaparecer una civilización en la que toda persona tenía el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país.
Un terremoto, un asteroide, un cataclismo, un cambio climático; cada teoría alimentará una corriente de pensamiento diferente que vilipendiará a las otras.
Nada de eso, si una naturaleza ha de eliminarnos del mapa, será la humana, la naturaleza humana que tiene en su interior todos los ingredientes necesarios para parir un texto como la Constitución y toda la policía necesaria para protegerse del pueblo cuando la pisoteen.
Hoy el pueblo les pone entre la espada y la pared y se expresa, hoy ese pueblo que es la base de la autoridad, del poder se reune pacíficamente como manda la ley a cambiar sus destinos como garantiza la ley y la respuesta nos lleva a más de uno a recordar aquellos camiones detenidos a la luz de la luna, aquellas risas y aquellos disparos.
Hoy los hijos de los muertos de ayer son los verdugos del mañana.
Nada ha cambiado.
No les votes.

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