>SIN PULSO


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José Luis Mera Córdoba

(Josetxo Mera)

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“Tres clérigos”.
página 2.

Amanece, los transportes de personas escoltados por militares levantan cortinas de polvo.
Por oleadas, cientos de bocas vociferantes se lanzan por las callejuelas abajo ensuciando de estridencia las conversaciones inacabadas tras los dinteles.
Puertas y postigos cerrados a cal y canto, con la precipitación del miedo, han puesto fin al murmullo de los ancianos.
Es el abordaje de un gran mundo a otro menor, humilde, es el estruendo de la ocupación pagana en terreno sagrado.
Risas, sonidos estentóreos de frases atropelladas y cámaras tomando una instantánea tras otra devorando sin consideración aquellas calzadas de adoquines que por alguna razón, llevan hacia el lugar sobre la faz de la Tierra donde los dioses acordaron encontrarse.
Solo sus paredes pueden saber el por qué.
Conocer esto es perdonar a aquellos pobres ignorantes su falta de respeto, su absoluta falta de tacto al abordar el lugar.
Para ellos estar en Jerusalén es un acontecimiento catártico, se encuentran de bruces con un deja vú en cada rincón.
Experimentan la incomodidad de una sensación familiar que les obliga a jurarse a sí mismos que no entienden los malditos recuerdos que parecen despertar con cada impresión en sus retinas.
No es de justicia reprochar a aquellas personas que quieran ver todo lo más posible en el excaso tiempo que les permitirá su periplo. Del mismo modo que es injusto también reprochar a las sencillas gentes intramuros el recelo hacia el extraño.
Es cierto que sólo el revoltoso movimiento de visitantes extranjeros contribuye en cierto modo con su fastidiosa presión a hacer olvidar una existencia llena de carencias, de sinsabores; a digerir un pánico atroz a a la capacidad mimética del extremismo enemigo.
Y han de vivir con eso, han de ver como esos autobuses con sus ruidos, con sus polvaredas, día a día y hora a hora traen y llevaban su carga humana llenando las calles de una vida que de otro modo no tendrían y que sinceramente tampoco quieren.
Viendo a aquellas personas extrañas sonreír, saludar como estúpidos a todos los lugareños que solo quieren que les dejen en paz, uno podía evadirse de la realidad que se vive en Jerusalén si no fuese porque en cada mirada temerosa subyacen siempre las mismas preguntas.
¿Será hoy? ¿Quizá será alguno de esos? ¿Moriré hoy?
Es fácil llevarse una impresión equivocada cuando no se conocen los ingredientes emocionales de un lugar como Jerusalén, pero escapar del depresivo ambiente que tanto entristece la cara oculta de la ciudad es una labor ardua, a la barbarie de los hombres le acompaña la sentencia de los dioses y la cerrazón de los profetas que amenazan con volver.
¿Cómo sería la ciudad milenaria sin los visitantes?
La luna del desierto invita a pensar que quizá podríamos ver la silueta del profeta mahoma sentado sobre una roca, quizá un tormento horrendo traería la oscuridad al reino de los judíos o quien sabe si la blanca mirada del cielo no iluminaría a un enamorado Salomón llorando las ausencias de su reina.
Divagaciones absurdas, la realidad es la que es y el lugar donde los dioses pusieron su pie sobre la Tierra hoy es un nido de ametralladoras, una polvareda sofocante o un nicho sin nombres del que día a día manan mil almas inocentes.

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