VIGOREXIA


Pues amigas y amigos míos, estoy lanzado, me apunté al gimnasio con la sana intención de cometer un acto de alta traición; olvidarme de chucherías y olvidarme de mi escritorio durante unas horas.
Resumiendo, esta nueva actitud no es más que una puñalada trapera para deshacerme del temido flota de papá.
Recuerdo que no es mi primer contacto con este mundillo, de joven me enganché al gimnasio.
En mis días de aquel entonces, todo giraba en torno a las dos fabulosas horas en las que literalmente me vaciaba sobre esas máquinas.
Lo de este cuerpo que arrastro hoy en día, es el resultado del abandono de aquel hábito, de lo que hoy unos psicólogos muy sesudos aciertan a llamar “Vigorexia”.
Transtorno mental mediante el cual los pacientes pierden el control de su voluntad en post de una perfección enfermiza y subjetiva nunca alcanzable a los ojos del que la sufre.
Aunque lo realmente malo de la vigorexia no está en el sufriente en sí, el es feliz sumido en la vorágine perfeccionista, su alegría es levantar un kilogramo más, hacer una repetición más, definir un milímetro de intercostales más.
Lo peor es el rechazo que produce en el resto del mundo, la sorna con que los culturetas escuchimizados critican un modo de vida cuyo resultado a priori es un cuerpo con el que ellos mismos sueñan y que no son capaces de lograr, esos malditos cachas se llevan a las chicas dejando a los empollones con sus cutis grasientos, sus rostros blanquecinos y su a todas luces, mayor despliegue intelectual.
No pretendo hacer una defensa a ultranza de ningún modo de vida en concreto, pero si del derecho de cada persona a elegir el suyo propio.
En mi caso, la verdad es que en aquellos tiempos mi obsesión por el gimnasio me vino muy bien; para bien o para mal contribuyó al blindaje de mi vida frente a un mundo que empezaba a sufrir el azote de aficiones infinitamente peores.
Mis amigos de aquellos años de juventud empezaban a darse cuenta de que los, según ellos, inofensivos porros ya no les colocaban como al principio, era menester pasar a otras cosas más directas para alcanzar el “viaje”.
A mi aquella hecatombe de heroína y los primeros “jonkies” me pilló en plena ebullición deportiva, en plena demencia vigoréxica dándome cuenta de los cambios que se estaban dando en mi cuerpo y sobre todo en los maltrechos cuerpos de mis amigos, hoy ex-amigos, chorizos o simples recuerdos de años más dulces.
Esta es una de las razones por las que eso me fastidia que se catalogue tanto a la gente en base a conceptos que le son absolutamente ajenos a la persona.
Se cataloga a los altos por lo poco bajos que son; a los feos por lo poco guapos; a los tontos por lo poco listos; y no nos paramos a mirar si en un momento dado esa persona no tendrá una virtud más apropiada para definirla que aquella de la que carece.
Hay vigoréxicos, cierto; hombres y mujeres obsesionados por el deporte por el gimnasio, de acuerdo.
Pero quien sabe si eso no les está salvando la vida a ellos y a sus familias.
Ciertamente me parece mucho mejor que un tipo se machaque cuatro horas en un gimnasio por lograr ese milímetro de intercostales a que pase esas cuatro horas en un after puesto hasta arriba de pastillas por tercera noche consecutiva o con una jeringuilla sucia atravesando sus venas.
Vosotros diréis.

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