NO TOCAR


La Ley de Murphy número ocho es la que dice:
“Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos, porque los tontos son muy ingeniosos”.
Sonrisita de medio lado, en plan perdonavidas con un pensamiento de tipo habilidoso donde los haya, que tras ser invadido por un no muy lejano recuerdo se borra dejando a su paso un rictus de pavorosa indecisión.
Llamo o no llamo al trabajo, ¿irá todo bien?
“Es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos, porque los tontos son muy ingeniosos”.
La maldita frase martillea mi cabeza y es que me doy cuenta de que miente.
Miente a boca llena, los tontos son tontos perdidos y no tienen remedio, y me parece de muy mal gusto engañar a los tontos con tales afirmaciones, no es piadoso llevar a una persona a albergar falsas esperanzas.
Recuerdo que me trajeron una máquina capaz de generar temperaturas que rondan los mil cien grados centígrados, e incluso más.
Para alcanzar esos números hay que establecer una curva ascendente progresiva y controlada, de modo que los materiales a tratar en tal engendro no estallen o se rompan a causa del choque térmico.
Hasta aquí todo discurre dentro de la frialdad de los datos, pero la cosa empeora cuando pasamos a los hechos.
Resulta que la máquina tiene un botón de “Reset” que no se debe tocar salvo casos de extrema necesidad pues viene a ser una lobotomización severa del cerebro electrónico del monstruo.
Pensé que toda precaución era poco, así que tomé a mis chicos uno a uno y les fui explicando el funcionamiento y pormenores del calentador, haciendo especial hincapié en el maldito botón.
Veinticinco personas fueron aleccionadas en mi presencia, las veinticinco fueron programando el aparato delante mío, y aún así tomé la precaución de poner varios letreros señalando al maldito botón con el lema “NO TOCAR”.
Lo leí, lo releí, y lo volví a releer hasta que una sensación de seguridad me invadió.
“No va a pasar nada malo” pensé mientras me daba la vuelta y me disponía a ir a la ducha tras un día de trabajo demasiado largo.
Desde el cuarto en el que guardo mis efectos personales hasta el vestuario hay unos quinientos metros más o menos; solo me hicieron falta tres de todos ellos.
A penas había sobrepasado la entrada al pabellón cuando el estruendo de una sirena atronaba el lugar.
No quería mirar, mi sentido de la orientación me decía que había ocurrido un desastre, que aquella señal sónica era la maldita máquina del demonio y frente a ella, el último tipo al que le había explicado el funcionamiento, el que más fresca tenía mi advertencia de no tocar el maldito botón, el que más claro podía leer el letrero.
Allí estaba él con el arma aun empuñada, con el puño cerrado y el dedo índice extendido, mirándome con la cara del gato que se comió al canario.
Es entonces cuando uno se pregunta si este mundo está en buenas manos, si la humanidad no es la aberración antinatural de una Ley de Murphy aplicada a un planeta que mira al cielo clamando piedad.
El resultado era cien por cien previsible, a la primera oportunidad el primer idiota que leyese el letrero de “NO TOCAR” se preguntaría “¿Por qué? y se respondería “Voy a ver”.
Con el resultado de una semana de máquina fuera de servicio, un técnico italiano al borde de un ataque de asma nerviosa y yo con una cara de tonto anormalmente inanimada.
Doce horas de trabajo después, me dí cuenta de que mi jornada no hacía más que empezar.
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