NO SE LO MERECE


Hoy ha sido un gran día, un domingo lleno de celebraciones para una mujercita que me tiene robado el corazón.
Así que sin excusa alguna me fui a verla bailar, le encanta encontrarme entre la gente escondido cuando tiene algún evento de ese tipo, su sonrisa al pillarme “infraganti” me lo dice.
Hoy por fin es la fiesta de fin de curso en su colegio y yo no las tengo todas conmigo, se que en el fondo es un día agridulce para ella y no quiero ver ni una sola sombra en ella.
Pero mi hija tiene la sonrisa contenida, es feliz y se divierte, lo se, pero lleva algo de exceso de peso en sus ojitos.
Es su último día en esa escuela, en la primera y única que ha conocido hasta hoy y está viviendo sus últimos días en ella.
Hay despedidas tácitas, hay miradas de nostalgia aun nonata entre ella y sus compañeras y la carita ladeada de mi hija a sus amigas me parte el alma en dos.
Se que el año que viene tendrá amigas en su nuevo colegio, se que es mejor porque está más cerca de su casa y que gracias a eso estará más integrada con las niñas del pueblo.
Y aun sabiendo todo esto, pensando en que va a ser mejor para ella a la larga; no puedo dejar de preguntarme como compensar su comprensión, como agradecer sus cortos años de entendimiento, de perdón, de aceptación de las circunstancias que sus padres, hoy cada uno por su lado y con una relación deteriorada hasta la indiferencia más absoluta, la hemos llevado a vivir.
Todo eso sobre el papel suena de maravilla, pero me doy cuenta de que tomamos decisiones constantemente, opciones que inciden decisiva e incluso traumáticamente en las vidas de nuestros hijos e hijas.

Manejamos su existencia con una inconsciencia bestial basandonos en la comodidad, la proximidad, en definitiva, basándonos en los sacrificios que estamos dispuestos a asumir por ellos y no es justo.

Y nunca he recibido un solo reproche ni de palabra, ni de gesto, ni de hecho; ella, una niña de doce años, a ido aceptando la situación, golpe a golpe simplemente tirando de su infinita capacidad para sonreir.
Y la miro bailar y me siento impotente, me revuelvo como un animal enjaulado mascando la pregunta definitiva.
¿Cuál de mis actos, de todos los que hay escritos en el destino para mi, será el que asegure la felicidad de mi hija para el resto de su vida?
No llega la respuesta y me desespera, porque la que baila es ella, sí, y me doy cuenta de que mi niña ya se ha quedado en el camino, ya no es la misma.
Ahora es una mujercita de mirada serena, una mujercita que crece y me mira con todo el amor del mundo.
Me derrumba cada vez que hace eso y me maldigo, odio cada paso que he dado sin tener su carita presente y me odio porque no encuentro la explicación a este sentimiento que me hace papilla.
¿Qué puedo hacer por ella? ¿cómo decidir el destino a su favor?
Confiaré en su paciencia, en su sonrisa y la haré partícipe de mi vida, de toda mi vida.
Compartiré con ella todas las cosas que me hacen feliz y trataré de que entienda por qué es así, le daré todo lo que hay en mi y espero que se vaya conformando mientras voy ganando tiempo a la mujer que viene.
He de darme prisa y anticiparme, ser más listo que la vida y morder con fuerza.
Es la última vez que pongo una mirada en ella con semejante tristeza, no se lo merece.
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