SIN PULSO


>José Luis Mera Córdoba

(Josetxo Mera)

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“Tres clérigos”.
Página 10

Pero no puede esperar más, tampoco es cuestión de desperdiciar un tiempo que por necesidad ha de ser precioso. La pared parece arrimarse compasiva hacia su lecho de tierra, sin mediar palabra le ofrece la ayuda necesaria para levantarse.
Con la recuperada verticalidad vuelve la arcada y una lipotimia le estruja aun más las tripas. La conmoción le pone los ojos en blanco unos instantes y un dolor seco, potente se clava en sus sesos.
De nuevo la pared acude solícita a su socorro. Esos muros, esas piedras que contaron las gotas de sudor del mesías y que tuvieron sobre sí mismas su propia sangre, soportaban mal la vergüenza por los actos de los hombres.
El árabe encorvado lucha con denuedo, se dice que ha de pasar, que de un momento a otro dejará de ser tan intenso y podrá recuperar el control de sus miembros.
Lucha por acelerar el proceso de volver en sí.
Hay mil caminos dispuestos con el único fin de obligarnos a escoger, todos llevan al mismo lugar, pero en la elección del propio puede estar la clave del propio fin en la vida.
Caminos escondidos entre pensamientos que hacen a los hombres bienvenidos o rechazados en nuestras casas, los dioses son muy dados a dar muestra de ello, no hay medias tintas en la fe; o crees en ellos o en contra de ellos. Pero cuando se avecinan tiempos difíciles, cuando el olor a humedad enrancia el aire, incluso en la herejía hay que encontrar los matices.
El viejo es de ideas fijas, ha de llegar a su destino como sea, cuando sea, se apresura como puede hacia un lugar donde alguien le espera desde hace mucho, mucho tiempo, un pequeño templo perteneciente a la Ortodoxia Cristiana, a la Iglesia de María Magdalena.
El árabe ha de encontrarse con una persona y sabe que es allí dónde puede encontrarla, porque es precisamente al jefe del templo, al patriarca ortodoxo a quien busca.
Sin ceremonias el anciano se sienta en uno de los bancos a esperar. Observa con una luz extraña en la mirada; Sabe mucho de aquel lugar, más de lo que cabe esperar; sabe muchas cosas que no ha compartido jamás en su vida con nadie más que con el pope y otra persona a la que irán a buscar juntos de inmediato.
Casi siente el estupor del hombre que lo observa aterrorizado, es una obviedad decir que ha comprendido lo que significaba su presencia allí.
Por fin cumple con su misión, solo espera que no sea demasiado tarde; los malditos sicarios militares le han hecho perder un tiempo del que no disponen, se maldice a sí mismo por su mala suerte. Bien, recupera el carácter, le hará falta.
Bien seguro de que acapara toda la atención del pope grita dos palabras en una extraña lengua, un sonido gutural y noble anterior a los hombres, la lengua primigenia que los dioses ancestrales utilizaron para crear el cielo, el firmamento y el mundo con solo darles un nombre.
_! Jhaal Innah ¡_.
Esta hecho, permanecer más entre aquellos muros que le acechan hostiles no le resulta cómodo, no quiere permanecer ni un segundo más allí, así que, con una leve inclinación, llena de sobreentendidos, como muestra de respeto, sale del templo _Estoy fuera hermano_.
El pope responde con un asentimiento, sus manos tiemblan mientras se prepara a toda prisa para salir con el árabe en busca de la tercera pieza del puzzle.

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